BIOGRAFÍA

En la obra de Luis García Gil (Cádiz, 1974) conviven de manera absolutamente personal literatura, cine y canción de autor. En el ámbito de la canción ha publicado Serrat, cantares y huellas, Serrat y Sabina a vista de pájaro, Jacques Brel, una canción desesperada, Javier Ruibal, más al sur de la quimera y Joan Isaac, bandera negra al cor. Su amor al cine ha dado como fruto el libro François Truffaut publicado por Cátedra y el guión y producción del documental En medio de las olas dedicado a su padre el poeta José Manuel García Gómez. También ha producido el documental Vivir en Gonzalo que ha dirigido Pepe Freire y en el que se profundiza en la obra de Gonzalo García Pelayo. Como poeta es autor de La pared íntima, Al cerrar los ojos y Las gafas de Allen. Es autor además del libro José Manuel García Gómez, un poeta en medio de las olas.




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viernes, 18 de abril de 2014

RÉQUIEM POR GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

¿Dónde fue que leímos por vez primera Cien años de soledad? Debió ser hace mucho, a saber si era fulgurante primavera o era invierno pero sabemos bien situar en aquella lectura, en aquellos ojos prendidos del papel, una de esas claves vitales y emocionales que forman parte de nuestro amor a los libros. 
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendia había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. 
Volvemos a leer, volvemos a rebuscar en Cien años de soledad la pasión que sentimos por la literatura, por la mirada privilegiada de quienes dominan todos los secretos de la escritura.  A Garcia Márquez le dedicó un andaluz llamado Miguel Fernández- Braso un temprano libro-reportaje que quiso titular La soledad de Gabriel García Márquez que prologaba Alfonso Grosso, narraluz prodigioso a quien no le fue ajeno la torrencial forma de entender la literatura de García Márquez. En ese libro de 1972 hay un retrato del Gabo íntimo al que no está de más volver. 

Miguel Fernández-Braso trata de atrapar la corriente amorosa e infinita que envuelve la prosa del escritor colombiano que fuma celtas y que reside en aquel momento en Barcelona cuyas Ramblas o cuyo Barrio Chino podrían motivar más de una página de realismo mágico. En un momento del libro García Márquez señala la proximidad del carácter de los hispanoamericanos y de los andaluces. Y cita a Cádiz con estas palabras: "Cádiz es estupenda: parece que la gente está esperando el último galeón. Como escritor, Cádiz es la que más me interesa. Hay allí, en el puerto, una rara tristeza que cautiva". 

En Barcelona lo fotografió varias veces la gran Colita que inmortalizó a la gauche divine que se citaba en Bocaccio. Una de esas fotos ilustraba el libro de entrevistas de Ana María Moix 24 X 24 que también se editó en 1972, el mismo año que el libro de Fernández-Braso. 24 X 24 acogía algunas de las entrevistas aparecidas en el diario Tele/eXprés de Barcelona.  Ana María Moix también se nos marchó hace poco. Se citó con Gabo en una cafetería barcelonesa a las cinco de la tarde. Resaltaba su bigotón, sus espesas cejas, su pelo negro y rizado. En la ciudad condal había encontrado cierta calma, cierto reposo que no hallaba en otras ciudades donde se le perseguía, se le buscaba, se le interrogaba como escritor mundialmente famoso que ya era. 

En este Viernes Santo de crucificados barrocos regresamos a Cien años de soledad, a la deslumbrante prosa de Gabo, al pelotón de fusilamiento y a la vida misma hecha de gozos y sombras. Y al contemplar el mar pienso en ese último galeón que siempre se espera, en la mirada de García Márquez eternamente detenida en Cádiz, la ciudad portuaria que también amó. 

sábado, 8 de febrero de 2014

NIÑOS EN EL TIEMPO



En el tren que me llevó hace unos días hasta Madrid leí Niños en el tiempo de Ricardo Menéndez Salmón. En el ámbito de los demasiados libros hay escritores cuya obra se sitúa en un territorio de absoluta trascendencia y exigencia. El primer relato de Niños en el tiempo estremece y noquea al lector que siente el dolor de esa pareja que ha perdido un hijo y se ha perdido a sí misma. "La paternidad es una provincia pedagógica; la orfandad es una escuela desolada". Subrayo el párrafo demoledor en lápiz rojo mientras el tren toma posesión de su trayecto y uno teme ese instante en el que se pierden las riendas de la vida cuando llega a sentirse el asedio brutal de un viento huracanado, el descarrilamiento de todos los trenes. 

La muerte del hijo en Niños en el tiempo me hace pensar en ese trozo de vida ardiendo en el papel que es Mortal y rosa, esa obra maestra de Umbral. Aún hay quienes al referirse a Umbral aluden a la anécdota televisiva que protagonizó con la inefable Mercedes Milá. "Yo vengo a hablar de mi libro" como Umbral. Ese slogan aparece como recurrente forma de autopromoción y de chiste fácil que simplifica a Umbral de forma y manera lamentable. Esta simplificación viene de aquellos que indudablemente no han leído ni una sola página del autor de Las ninfas que hallaría sin duda en Niños en el tiempo un relato cercano a su propia experiencia. 

Menéndez Salmón o Umbral son dos formas de literatura vivida y sentida. En ambos casos la palabra escrita se trabaja con el mismo cuidado que un imaginero podía trabajar la madera del cedro o el pino de Flandes en el Siglo de Oro. Niños en el tiempo se atreve a incursionar en la infancia de Jesús de Nazaret para culminar su expresivo y poético tríptico en una isla que espera la entrada en escena de una mujer que debe tomar una importantísima decisión. En los tres relatos que componen la música de cámara de Niños en el tiempo la prosa de Menéndez Salmón acontece como íntima vibración, como resonancia lírica, como delicado ejercicio de infancia recobrada y drama inapelable. Al leer ese relato inaugural de pérdida y duelo me acordé de "Tarantán" de Patxi Andión y del hijo imposible que perfilaba el rostro de aquella hermosa canción. 


domingo, 29 de diciembre de 2013

EL MILAGRO DE LA POESÍA


Es el milagro de la poesía que sigue reclamando amantes, lectores entusiastas, paseantes de su misterio. Quien no la probó no puede saberlo, no puede ni imaginarlo. Estoy leyendo el poema "La eternidad se llama Buenos Aires" de Raquel Lanseros que forma parte de su última entrega poética titulada Las pequeñas espinas son pequeñas. Al leerlo todo es concentración y emoción porque el poema me lleva donde quiere con el fulgor musical de sus endecasílabos. Lo recito despacio, casi musitándolo, y estoy volando con la imaginación del verso hacia un barrio porteño donde una pareja que siento muy próxima está bailando ahora mismo un tango con la alegría prendiendo fuego en cada movimiento. Ellos son Alberto y Cristina (Al y Cris Tango) y algún día bailarán con Raquel aquel poema de Los ojos de la niebla titulado "La mina más linda". Y cuando la poeta o poetisa diga aquello de "En su cuerpo de tinta anidaban las notas/ de tu bandoneón..." Cristina y Alberto responderán a la par con un escorzo sutil que por momentos parecerá esculpirse en mármol de Carrara. 

Y ese es el milagro de la buena poesía y del arte que nos hace mejores y llena de magnética luz el sendero más intrincado, como sucede también con las buenas canciones. Como poeta siento muchas veces más míos los versos de otros que los propios. Me pasa con Raquel Lanseros desde que leí su primer libro, antes incluso de conocerla, de compartir instantes memorables, recitales y presentaciones en Barcelona, Madrid o Cádiz. Cada nuevo encuentro con su poesía supone sumergirme en las aguas profundas de la más pura emoción con la lección machadiana bien aprendida, que brota de la claridad del verso pensativo, emotivo, que puede hasta tocarse y cuya respiración escuchamos como si manara de una fuente amorosa en una plaza callada sobre la luz crepuscular de la tarde. Esa misma tarde gozosa o melancólica que engendra caminantes y sueños, misterios y quimeras y también poetas como Raquel y bailarines como Alberto y Cristina a los que uno imagina danzando ahora mismo en un barrio porteño, entre los silencios llenos de vida y amor de ese poema titulado "La eternidad se llama Buenos Aires". Poesía y tango citándose, entrelazándose, fundiéndose. 

lunes, 23 de diciembre de 2013

FLORES PARA VIOLETA


Las reputaciones es la última novela publicada por el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Por su relato, lírico y moral,  transita un afamado caricaturista apellidado Mallarino que a su vez evoca  la desdichada suerte de otro eximio caricaturista llamado Ricardo Rendón quien eligió la muerte llevándose a la sien derecha el cañón de una pistola Colt 25. Al leer esta breve y magnífica novela me acordé de Violeta Parra eligiendo también el instante de su muerte con la canción "Gracias a la vida" aún temblándole cual paradoja en los labios.  A la asociación novela- Violeta contribuyó indudablemente el visionado de la película de Andrés Wood sobre su vida, un trabajo impecable que logra trazar un retrato fidedigno de un personaje complejo, icono indudable de un modo de sentir la canción y el folclore que nada tiene que ver con la industria musical que padecemos en nuestros días. 

Francisca Gavilán logra el milagro de transformarse en una Violeta Parra sumamente convincente, carne de yugo que encontró en la música un modo de arrinconar fantasmas, de ser viento del pueblo y silbo de afirmación de aldea. Andrés Wood no ha querido hacer una biografía al uso sino que ha trazado un perfil de la artista chilena que penó de amor pero también de rabia y que lo mismo tomaba el pincel que la guitarra con la claridad de quien buscaba ante todo penetrar en el pueblo como un angel confortador prendido del paisaje familiar de su tierra.

Todavía se llora el adiós precipitado de Violeta y ruge un viento triste sobre aquella carpa deshabitada. Todavía puede decirse que su ejemplo pervive, que se cantan sus canciones, que pervive su huella en las grabaciones que nos siguen acompañando. Andrés Wood ha logrado con su película aproximar el mito a las nuevas generaciones para que se paren a distinguir las voces de los ecos. Porque Violeta sigue marcando el camino tal como ya lo marcaba a finales de los años sesenta cuando Víctor Jara la citaba como referencia de la emergente Nueva Canción Chilena. 

Hay quien la recordaba friendo empanadas antes de bailar cueca o abrazada a la noche inmensa y misteriosa con un silencio largo que rompía algún acorde de guitarra. En Violeta la alegría podía acontecer de modo repentino como también podía hacerlo la tristeza de quien contemplaba muchas veces el revolver con el que se despediría del mundo. En Al cerrar los ojos le dediqué un poema porque nada de las vidas vividas por Violeta puede sernos ajeno. Como tampoco nos puede ser ajena la escritura de Juan Gabriel Vásquez, suma de estructura y de poética, tal como ha logrado condensar en ese ejercicio fulgurante que es Las reputaciones. Uno piensa en Mallarino cuya crisis personal le hace abandonar su oficio y piensa también en Violeta Parra desertando a los cielos, eligiendo la muerte como compañera de viaje, sin fuerzas para pisar otro escenario, para parir otra canción. 


martes, 10 de diciembre de 2013

VIDA Y LEYENDA DEL POETA ELÉCTRICO

Vida y leyenda del poeta eléctrico que asomado al Guadalquivir contempla su finitud mientras da forma a un poema infinito, un poema que alumbra el desasosiego, que cree en la esperanza de un mundo distinto. Leo y releo los poemas que conforman Vida y leyenda del jinete eléctrico de Joaquín Pérez Azaústre y celebro al poeta que ya me deslumbró con Las ollerías pero que aquí llega aún más lejos en su forma de alzar el canto con el vértigo de quien sabe que sólo gana el poeta que arriesga. 

Subrayo alejandrinos que parten el coxis del poema, que quieren ser surfistas en la tarde latina, mientras fragoroso discurre el lenguaje como el río al que se asoma el poeta eléctrico que ama la canción. Por eso hay poemas largos, sinuosos en su intrincado camino de esperanza, poemas en los que llueve a cántaros recuperando el aguacero lirico que Pablo Guerrero voceara en plena desintegración del régimen franquista. También se acuerda el poeta  del caballo cuatralbo de Alberti, de aquellos versos que galopaban para enterrar tantísimo oprobio franquista y cuya épica resistente hizo suya Paco Ibáñez con su guitarra cargada de poemas. 

Oler la canción, habitarla, como oler el poema y hacerlo nuestro o mirar a través de los ojos de Robert Redford, jinete presuroso invocando a Faye Dunaway o compartiendo una tarde luminosa con Paul Newman. No hay puntos seguidos para acotar el tiempo porque el verso se desborda pleno de imaginación y es palabra que tiende trampas a los embaucadores y derrama su estruendo sobre la realidad ruinosa. He aquí el poeta social de voz poderosa, raíz y criatura que inquiere a quien pensó que la hacienda era suya y suyo el jornal y el regadío de la gente doliente, de la gente de a pie.

El poeta eléctrico cual reinventado Dylan en el Carnegie Hall, el poeta asomado al Guadalquivir, que no nació un cinco de diciembre en Nueva York pero buscó la huella del actor carismático que fue Jeremiah Johnson y más tarde Brubaker y un poco antes periodista desenmascarando a Nixon al lado de Dustin Hoffman: (charles robert redford jr nació en el mismo instante en que mataron/ al arcángel total con su gracia desnuda...),  

La poesía será de todos cuando la vida digna sea la frente de todos. Canta el poeta su verdad y se pierde por una callejuela de Córdoba  por la que transitaron los poetas de Cántico y mientras pasea piensa en el actor de la Paramount que de pronto sintió la necesidad de dirigir cine y terminó filmando Gente corriente, tiempo antes de que el poeta eléctrico tuviera conciencia del verso que habría de derramarse sobre la noche profunda, como cera que arde, como luna que fulge, como viento que ruge y que al apaciguarse nos regala un misterio en forma de poema. 


miércoles, 20 de noviembre de 2013

UNA CIUDAD DONDE NUNCA LLUEVE

Queridísimo Eduardo, colega letraherido, ha llegado el día de tu verdadero bautismo literario, ese día en el que te lanzas al tumultuoso ruedo ibérico de la escritura con esta primera novela sobre una ciudad donde nunca llueve que puede ser cualquier ciudad. Por esa ciudad, suma de muchas ciudades, transita tu antihéroe que espía a una mujer que ya no le pertenece, que sufre el síndrome –que tanto le gusta a Enrique Vila-Matas- del escritor que no escribe y que por si esto fuera poco ha mordido el polvo tantas veces que ya ha perdido la cuenta.

En mi camino a Las Libreras hice parada en un bar de reciente apertura llamado La posada de John Dos Passos  -perdón por la publicidad-. Vengo algo bebido, lo reconozco, pero no pude resistirme a pedir un Jack Daniels y a perseguir con la mirada a una chica morena de tejados ceñidos y gastados. Acodado a la barra andaba también por allí Julio Antúnez, poeta maldito que daba cuenta de un bourbon y que me ha pedido que disculpara su ausencia. Julio andaba con un ejemplar bastante maltratado de Manhattan Transfer. Le pregunté al propietario de La posada de John Dos Passos, orgulloso capataz de la Semana Santa gaditana, si conocía el Bar de Luiselchino pero no atendió a  mi pregunta y prefirió enseñarme su colección de fotos del Nazareno bajando por la Cuesta de Jaboneria desde los años setenta de la primera instantánea hasta su última aparición por el barrio de Santa María con esa melena al viento cruzándole el armenio rostro. En La Posada de John Dos Passos sonaba la música de un cantautor gaditano llamado Fernando Lobo que me sonaba bastante. El propietario de La Posada de John Dos Passos me guiñó un ojo y me dijo: "Si este tipo compusiera marchas procesionales sería la ostia..." En una mesa del local departían un tipo que era conocido como el pintorquelovendetodoyencontró el amor y otro que se hacía llamar el filosofovivalavirgen que no hacía otra cosa que decir que Shakespeare es un autor sobrevalorado y eso que estaba metido en una representación gay de Hamlet... ¿O era una representación sobre la vida de Belén Esteban? Ya no me acuerdo. 

Al salir de La posada de John Dos Passos me dispuse a fumar un cigarro pero no tenía fuego. Un tipo llamado chalecodepana me ofreció su mechero en el que creí adivinar un retrato de Bakunin...¿O era de Bustamante? Ya no lo recuerdo. Demasiadas coincidencias pensé o demasiado alcohol o quizá estaba confundiendo ficción y realidad y me perseguían los personajes de la novela que venía a presentar

El caso es que he llegado a Las libreras algo tambaleante pero por mi propio pie y lo primero que he pensado es que hace diez años que me encontraba donde tú te encuentras ahora, con la emoción de haber publicado mi primer libro, aquel Serrat, canción a canción que tú bien conoces. Pasado el tiempo, sumados libros y experiencias en este andar tan largo, me siento inmensamente feliz de estar aquí, de ejercer de maestro de ceremonias de quien lleva la literatura a flor de piel, de una forma mucho más profunda que muchos literatos que conozco.

Tu primera novela no balbucea, carece del titubeo que se podría suponer en una primera obra. En ella ya te asientas como un escritor que sabe lo que quiere, que sabe también que no hay literatura que no se construya en torno a esa tentación del fracaso de la que hablaba Julio Ramón Ribeyro, prosista apátrida como también yo a ti te siento, querido Eduardo.

Al leerte pienso en todas las novelas que llevamos con nosotros, las novelas del aprendizaje, de las noches en vela, de las tardes crepusculares, de lluvia en los cristales y café, y pienso en aquel Balzac que construyó con su catedralicia comedia humana todas las voces y ecos que componen una vida; o en esa generación perdida, tan alcoholizada como el personaje que transita por esta ciudad donde nunca llueve y que podría ser cualquier ciudad.

Hoy me acuerdo más que nunca de aquellas conversaciones que teníamos en la librería de viejo de nuestro amigo Chencho. Galopaba la tarde al filo de su ocaso y tú y yo nos preguntábamos a donde lleva el verso que se escribe, la tonada que se canta, las palabras que forcejean con el viento para nombrar el tiempo que habitamos, la memoria de los cuerpos, de los objetos cotidianos, de los paisajes y de las ciudades en donde nunca llueve.

Vivimos en un mundo extraño de gente que busca la fama a cualquier precio como bien desmenuzas en tu novela donde nunca llueve. Hay quien ha escrito más libros de los que ha leído. Das una patada y salen escritores. Todo el mundo es bloguero o escritor sin haber rozado una página de Onetti en su vida y digo Onetti por decir alguien que llevaba la literatura inyectada en vena. Cualquiera publica, cualquiera se siente escritor, cualquiera junta letras y encuentra un amigo editor que las dé por buenas y las publique o soborna a un jurado para ganar un premio literario. Pero la literatura, la verdadera literatura es otra cosa, es jugarse la vida en una línea o situar como Stendhal un espejo en un camino para fundirse a la realidad que se canta y se lleva incorporada a la piel. Tú sabes ciertos secretos de la escritura y lo hemos hablado muchas veces. En Una ciudad donde nunca llueve hay esa exigencia de la buena literatura, esa búsqueda de una voz propia que se ha hecho a base de lecturas y de conversaciones imaginarias con escritores fantasma que aparecen en sueños y nos dictan palabras al oído. 

Le he tomado cariño al personaje protagonista de tu novela, un tipo desesperanzado que teme al tiempo que pasa y habla de la infancia como ese territorio inexpugnable donde no llega ni el silencio que hiere ni la muerte acechante. He leído con él a Baudelaire y he corrido a recuperar el disco que Leo Ferré dedicara al inmenso poeta francés para que a su modo también Ferré forme parte de la banda sonora que suena en la ciudad donde nunca llueve que podría ser cualquier ciudad con un metro bajo tierra lleno de miradas que rehuyen el encuentro.

Yo quisiera acabar esta presentación con Miguel Hernández, admirable poeta, “viento del pueblo” que nos unió también desde el principio de nuestra amistad y que Aznar y la chica de los pantalones ceñidos y gastados leen en la intimidad. En Una ciudad donde nunca llueve tu personaje cita la palabra esperanza y la deja prendida de los ojos de su hijo “pequeño espermatozoide”. En ese momento yo me acordé del poeta oriolano al que tu escritura persigue desde hace tiempo. Y me acordé de un poema que grabó Serrat en el lejano 1972 y en el que Hernández terminaba clamando por la esperanza que es lo que debe quedar cuando nada queda, como forma de afrontar los golpes de la vida.  Rescato este poema de esta Antología de poesía cotidiana que traigo conmigo y que coordinó Antonio Molina al que no hay que confundir con el autor de "Soy minero". Quiero que estos versos alienten tu vida futura y tus libros futuros y que siempre recordemos ese día en el que presentamos tu primera novela, tu primer sueño escrito, tu primera piedra en el intrincado camino de la literatura donde abundan las rencillas, las zancadillas y los egos pero donde uno puede encontrar el privilegio de darle la alternativa a un amigo y hacerlo con la palabra eterna de Miguel Hernández con quien tanto queremos:  
Pintada, no vacía: 
pintada está mi casa 
del color de las grandes 
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto 
adonde fue llevada 
con su desierta mesa 
con su ruidosa cama.

Florecerán los besos 
sobre las almohadas. 
Y en torno de los cuerpos 
elevará la sábana 
su intensa enredadera 
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua 
detrás de la ventana. 

Será la garra suave. 
Dejadme la esperanza.

autógrafo

domingo, 12 de mayo de 2013

DILETANTE 3 (La farsa de los premios literarios)

El programa Salvados (La Sexta) podría dedicarle un jugoso espacio a los premios literarios de mayor dotación económica, a la farsa que encierran, a los pomposos jurados que contribuyen a esa farsa. Un escritor no se mide por los premios que gana, primera perogrullada del diletante. Nada le aportó el Planeta a Juan Marsé o a Mario Vargas Llosa que ya eran escritores consagrados cuando lo ganaron. No recuerdo los premios literarios que le dieron en vida a Julio Ramón Ribeyro. Lo suyo era fajarse con la hoja en blanco, deslumbrar en la distancia corta del relato, en su faceta de diarista tentado por el fracaso o en su condición de novelista o de prosista apátrida. 

Ignoro si Marta Robles ha leído a Julio Ramón Ribeyro. No lo creo a juzgar por antecedentes como ese libro de estilo titulado Madrid me Marta (sic). Lo que me permito dudar es que el Premio Fernando Lara lo haya ganado en justa lid y desde luego no creo que la novela Luisa y los espejos venga a significar otra cosa que la dudosa condición de estos premios literarios auspiciados por Planeta que son más farándula que otra cosa. Como cómplices de la supuesta farsa gente como Fernando G. Delgado o el exquisito novísimo Pere Gimferrer. Es una lástima que estos premios no sirvan para catapultar voces jóvenes y se destinen a rostros conocidos que proceden en muchos casos del medio televisivo. La relación se haría tan extensa como monótona, como extensos son los negros que están detrás de muchos de estos libros escritos por famosos. 

Por eso llega Sant Jordi y los catalanes se mueren porque les firme un libro Mercedes Milá, Jorge Javier Vázquez o cualquiera de esos presuntos escritores del medio televisivo que escriben lo que les sale del bolo. Si esto sucediera en Andalucía hablaríamos del subdesarrollo cultural andaluz pero parece que en la Cataluña que mira a Europa también pasan estas cosas e importa más un libro de Mercedes Milá que uno de Juan Marsé. 

Y lo mismo pasa con la poesía donde también asoman cotos genuinamente privados y donde nos encontramos con ejemplares poetas muy éticos formando parte de jurados que premian a amigos poetas en certámenes de gran dotación económica y forjando un canon que no permite a intrusos que no rindan eterna pleitesía a los poetas que manejan el cotarro lírico. Es lo que hay, llámese el premio Fernando Lara o Loewe y aquí podríamos recordar lo que pensaba José Ángel Valente de cierta deriva de la poesía española representada en sus premios literarios más renombrados.  

Pero estaba hablándoles de Luisa y los espejos, premio Fernando Lara, que vendrá a ser uno de los grandes hits que expondrá Carrefour al lado de la sección de embutidos. Que disfrute Marta Robles de los 120.000 euros. Quizá ha escrito el libro que la literatura española estaba esperando y yo soy el equivocado. Ay, los premios literarios. 

lunes, 29 de abril de 2013

ESCRITORES GADITANOS

Pilar Vera ha publicado un reportaje en Diario de Cádiz (Eclosión de letras al sur del sur) en el que hace inventario de los escritores gaditanos de ahora mismo al hilo del premio Cervantes concedido a José Manuel Caballero Bonald. La periodista ha tomado como referencia el blog de escritores gaditanos que conduce con bastante acierto Juan Carlos Palma y en el que se agrupan biografías de cerca de un centenar de escritores gaditanos nacidos a partir de 1960. La idea de Juan Carlos Palma tiene un precedente de gran valor en aquel Diccionario de escritores gaditanos de Manuel Ríos Ruiz (Diputación Provincial, 1973) en el que aparecía mi padre que ya había dado a imprenta esa oda blanca a Cádiz que titulara En medio de las olas y que el poeta jerezano no llega a recoger en la síntesis biográfica que le dedica. 

Pilar Vera bucea en las letras gaditanas, sin atender a los matices que en ella se dan, y como era de esperar obvia mi dedicación literaria desde aquel Serrat, canción a canción hasta hoy. Para la periodista de Diario de Cádiz no deben ser suficiente bagaje mis diez libros publicados con editoriales como Cátedra o Milenio. Por lo que se ve no debe importar la repercusión obtenida con mis trabajos más allá del puente Carranza. Para ella no existo y he aquí que me encuentro con una especie de déjà vu porque no me siento profeta en mi tierra, porque aquí no importa la trayectoria sino otra serie de consideraciones que nada tienen que ver con el noble ejercicio de la escritura. Cierto que uno no escribe para aparecer en determinadas listas o para que le entronicen en determinados círculos pero no puedo quedarme impasible ante la mala memoria o la desinformación que no es un problema exclusivo de Pilar Vera contra la que no tengo nada personal.   

Alejado de la cultura oficial de la ciudad, de los escritores que están en el meollo, candelero o candelabro, pienso que estas cosas no debieran afectarme. Pero me afectan como me afecta la pesada losa de olvido que cae sobre mi padre mientras se levantan calles y glorietas a quienes no se implicaron culturalmente con Cádiz como él supo hacer en unos tiempos sumamente complicados. Pero en muchos de estos asuntos se impone el más profundo desconocimiento, el oportunismo, el clientelismo y esas rencillas y egos revueltos del mundo literario que tanto me aburren. 

Por eso no me sorprende que Pilar Vera no me cite o me ignore o pase por alto la poesía o el ensayo en su selección de autores. Con la que está cayendo en el mundo es este un tema de menor importancia. Pero pienso que quienes llevamos una línea de hacer cultura en Cádiz, de difundir nuestras obras fuera, de editar con regularidad, merecemos un mayor respeto y una mayor consideración. Lo que resulta triste es que haya periodistas del ámbito cultural que se formen una opinión sobre tu obra sin haber leído ni uno solo de tus libros pero esto es una práctica muy corriente en los medios. Después pasan las cosas que pasan. 

Vaya por delante mis disculpas a quienes me leen por esta especie de desahogo personal pero me sentía en la necesidad de exponer mis sentimientos en relación al reportaje publicado en las páginas de Diario de Cádiz. 

lunes, 22 de abril de 2013

Ruta Quiñones

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Ruta QuiñonesRuta QuiñonesRuta QuiñonesRuta QuiñonesRuta QuiñonesRuta Quiñones
Ruta Quiñones, un álbum en Flickr.
Algunas fotos de la Tercera Ruta Quiñones que este año tuve el placer de inaugurar con la excelente compañía de la poeta Rosario Troncoso y de la cantante Inma Márquez. Excelente la iniciativa de Blanca Flores. Las fotos se las debo a Fernando Fernández.

jueves, 28 de febrero de 2013

PILAR PAZ, EN LA INTIMIDAD



En la plazuela tras la máscara se esconde lo perdido, canta Pilar Paz en el poema "Montmartre" donde la Piaf convive con Jean Cocteau, visitante ilustre en unos Cursos de Verano regidos por Pemán por los que ya caminaba con versos en los labios nuestra poeta que ya es octogenaria. Yo rescato entre la niebla de las cosas idas esta vieja entrevista que mi padre le hiciera a Pilar en Diario de Cádiz en una página semanal llamada Domingo Letras que él mismo coordinaba. De este modo iniciaba mi padre este viaje apresurado al corazón de la poeta y amiga, vieja habitante lírica de las páginas de la revista Caleta:  
Son las seis de la tarde. Pilar Paz no nos hace esperar. Le preguntamos por Carlos, su marido, y por sus hijos. Hace mucho calor y el lorito juanramoniano se ha guardado para luego la canción de su fresquito alegre, abierto y alto. El airecillo no corre, pero corren las preguntas, y mejor aún, mucho mejor, las contestaciones. Pilar Paz cruza las manos con una gracia especial. Parece, como dijera Juan Ramón, que se le han caído de la luna. 
Son los años sesenta. Pilar Paz ya es una poeta reconocida con una obra en marcha. Todavía no había dado a luz Violencia inmóvil, uno de sus mejores poemarios que precedió a un tiempo de largo silencio. Mi padre le pregunta por lo que está escribiendo. Pilar le responde: "Un nuevo libro de versos, mi discurso de entrada en la Real Academia Hispanoamericana y las cuentas de la plaza...". A la pregunta de si Jerez le ha influido en su poesía Pilar habla del mar de Cádiz, del mar que baña sus versos, de su poesía pasada por agua. También evoca su primera lectura de poemas a los ocho años en la revista radiofónica Ráfagas de Radio Madrid. Y define la poesía como lo menos práctico y lo más hermosamente inútil de la vida. 

Todo es latido que vuelve, la voz de mi padre, la voz de Pilar en cálida conversación. El otro día la voz de Pilar sonó con fuerza en el homenaje colectivo que le tributó el Centro Andaluz de las Letras. Y yo me acordé de esta vieja entrevista de mi padre y de la presencia familiar que Pilar siempre ha tenido entre nosotros. 

lunes, 11 de febrero de 2013

EUGENIO TRÍAS

Eugenio Trías solía quejarse de la dificultad de practicar un pensamiento crítico en este país. A finales de 1992 el filósofo barcelonés publicó junto a Rafael Argullol un libro iluminador, una suerte de ensayo a dos voces titulado "El cansancio de Occidente". Muchas de aquellas reflexiones siguen siendo válidas en esta actualidad que nos sume en el desasosiego. Trías hacía hincapié en la ficción de una democracia que no cubría las expectativas de una parte importante de la población y lo hacía sin necesidad de exabruptos con la lucidez de quien oficiaba de pensador en guardia permanente. 

Argullol y Trías cuestionaban en sus conversaciones a la clase política que no generaba confianza en la ciudadanía. La causa de esa pérdida de confianza no se debía a la corrupción sino al anquilosamiento de la democracia, de su marco jurídico y político. En las postrimerías de 1992 España estaba gobernada por el Partido Socialista. Veníamos de un año olímpico, de unos fastos que luego trajeron ciertos lodos. No conviene olvidar ciertos hechos porque ninguno de los dos grandes partidos puede dar lecciones de democracia y de trasparencia. Ahora es el PP quien está en el ojo del huracán pero el PSOE debería repasar su historia más reciente antes de pontificar o de pedir dimisiones. 

A Trías los catalanistas más recalcitrantes no le profesaban mucho afecto porque siendo catalán no era como ellos. Algunos incluso lo quisieron emparentar con el PP por el simple hecho de defender  como pensador la independencia, de no ser partidista, de abogar por la equidistancia. Es el problema de los extremismos que él mismo criticaba. Sentía tristeza ante unos dirigentes que no argumentaban sino que directamente insultaban. Es ese mismo barro dialéctico que vemos a diario en Facebook con gente que no argumenta sino que insulta al que piensa diferente y para quienes los fascistas son siempre los otros. Ninguno de ellos ha leído jamás una línea del autor de "Lo bello y lo siniestro". 

Al enterarme de la muerte de Trías me he acordado de "El cansancio de occidente", de su manera de entender la filosofía, el ensayo, las religiones. Me acordé también de cómo aplicó sus teorías estéticas al cine en un ensayo titulado "Vértigo y pasión" en el que analizaba la película "Vértigo" de Alfred Hitchcock. Decía Trías que cuando James Stewart besa en una de las escenas a Kim Novak se tenía la impresión de que estaba besando apasionadamente a una mujer muerta de la que sólo se percibía el cabello rubio, casi albino, y el moño en espiral. Trías desentrañaba a la luz de su pensamiento y de su teoría filosófica los misterios de esa obra maestra intrigante y subyugadora. 

Trías ha ido a morir en este febrero de carnavales callejeros, de mascaradas nocturnas y farsas de clara índole política. En su obra no ha hecho otra cosa que latir la fuerza de un verdadero filósofo, de alguien que ha ido edificando una obra de un altísimo valor intelectual. En la ética de pensadores como Trías debieran mirarse ciertos políticos y ciertos ciudadanos cuyas preferencias estéticas y filosóficas tienden hacia caminos más pedregosos.  La pérdida de un intelectual como Eugenio Trías no ha sido trending topic en Twitter donde lo que importan son los caracteres de Paquirrín, rey de la estulticia. 

Como forma de homenajear al filósofo barcelonés me permito citar este fragmento de su ensayo sobre Vértigo que hace referencia a la obsesión de Hitchcock por las actrices rubias: "La belleza rubia hitchcockiana asume, dentro de la mitología erótica a la que este cine da cauce y expresión estética, el carácter de un verdadero fetiche. Ahora bien, detrás de todo el despliegue de riqueza ornamental y de belleza facial del fetiche debe verse, siempre, la presencia de la muerte. La pasión erótica que el rostro y el porte de la rubia belleza hitchcockiana desencadena no es ajeno a la obsesión por la calavera y a la latente necrofilia que expresa". 

domingo, 27 de enero de 2013

LAS IDENTIDADES

La luna dibujada en "Son de insomnio" o la playa de Rota que ha devuelto el cadáver de treinta y siete fugitivos de origen marroquí. El poeta que se rebela, que acaricia también la revelación del poema que vibra cual acorde en la piel de las cosas. Lisboa y los heterónimos de Pessoa o el verano que vuelve y al que el poeta interroga: "Verano que ahora vuelves/ acuérdate por hoy/ de quienes fuimos...". 

He aquí el pasado que se habita, el dedo infantil recorriendo un mapa escolar, el ser y la nada, la identidad, el peso de las sombras. He aquí los restos de tabaco, la enfermedad, la arcadia de un paisaje en el que un niño descubre un reptil muerto. He aquí el verso de Jules Laforgue o el vaho de los cristales donde las musas vienen a mirarse. 

El poeta que fluye como río de eternidades, que derrama el canto, el espejismo, la teoría del caos, la propia vida temblando en la entonación, en el latido de las sílabas. Aquí estoy leyendo Las identidades de Felipe Benítez Reyes, sintiéndome parte del relato emotivo, intenso,  que traza el poeta roteño. Me fascina el poema que dedica a los mirlos porque ahí radica la esencia del poeta, en sublimar lo cotidiano atendiendo a los sonidos del mundo, al misterio pero también a la evidencia que pudiera pasar inadvertida. 

Con el tiempo ciertos poetas acrecientan su escepticismo. Las identidades es el libro de un escéptico y es también una rosa crepuscular tatuada en el pecho del mundo, una rosa que sangra pero que también contiene ese resto de humor que salva del abismo. En 1927 Judith Erebe escribía un texto muy significativo sobre Buster Keaton en el que empezaba afirmando que el humor era una forma artística absolutamente superior. José Manuel Benítez Ariza ha observado en su blog el humor que atraviesa las páginas de Las identidades. Esos destellos de humor no son nuevos en la obra de Felipe Benítez Reyes y fortalecen ese recuento de pérdidas que todo poema es o puede llegar a ser. 

Quien navega comprende la razón de la trama -dice el poeta-. En la Plaza Garibaldi de Nápoles la multitud huye y las maletas terminan arrojando luz sobre cada identidad dormida o despierta que busca un destino. Felipe Benítez Reyes muestra su condición viajera, la huella de su escritura melancólica que es capaz de atender en uno de los poemas a la composición hierática que forman el rey y la reina en los fríos salones de su palacio. 

La noche termina cayendo sobre el cuerpo del poema: "Hay eternidades que parecen/ apenas una noche...". El miedo termina apoderándose del hombre que se mira en el espejo, que es suma de conjetura y duda. Al cerrar las páginas del libro permanece la plenitud expresiva del poeta, todo ese mundo de sensaciones que se han apoderado de la hoja en blanco y certifican el lugar privilegiado que ocupa en la poesía española de nuestros días. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

VERSOS DE NOVIEMBRE

Por recitales como el compartido la otra noche en el Pay Pay de Cádiz con Raquel Lanseros y Rosario Troncoso merece la pena el muchas veces ingrato oficio de poeta. El audio que sigue es reflejo de una noche memorable de versos cruzados. Raquel Lanseros está entre nosotros y ya eso es motivo de celebración lírica. Sus recitales se prolongarán en el Colegio Argantonio de Cádiz y en La guarida del ángel de Jerez en un recital coordinado por la también poeta Raquel Zarazaga.
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martes, 31 de julio de 2012

LOS NADADORES


Ser buen poeta confiere un estilo, una forma de adueñarse de las palabras, de nombrar el tiempo fugitivo. El poeta que ejerce de novelista suele tener un camino ganado en ese sentido de adueñamiento de las palabras, de conmover a través del uso de una prosa fuertemente lírica. Es lo que sucede con Los nadadores (Anagrama, 2012) de Joaquín Pérez Azaústre. He recordado leyendo esta novela una antología de relatos de piscina que publicó Ronsel en 2004, la misma editorial que ese año diera a imprenta mi Serrat, canción a canción.

El territorio poético de Los nadadores es también el territorio del extrañamiento por el que camina el personaje de Jonás, un extrañamiento que es consustancial al tiempo incierto en el que vivimos. Pérez Azaústre refleja magistralmente el desconcierto generacional. Nadar viene a ser como una forma de huir y salir del agua -leemos- se parece remótamente a nacer.

En la portada de Los nadadores vemos a Burt Lancaster en un fotograma de El nadador, excelente película de Frank Perry que adaptaba el cuento homónimo de John Cheever. Es una referencia como otra cualquiera que apenas incide en el relato de pérdidas y ausencias que construye Pérez Azaústre que en el poemario Las ollerías tenía precisamente un poema en dos tiempos titulado "Los nadadores" que establecía un diálogo con el padre, con el origen, con el principio y la raíz de todo.

En un momento de la novela se nos recuerda a Mark Spitz, campeón olímpico e ídolo de adolescencia de Jonás. Spitz forma parte del regreso del protagonista a la casa de sus padres, a su propia infancia, al lugar del que nunca partimos del todo, al que siempre permanecemos ligados de un modo sumamente emocional. La descripción que Pérez Azaústre hace del piso familiar es meticulosa, como si por un momento la novela hubiera sido poseída por el fantasma de Georges Perec. De algún modo nos sentimos próximos a esa exploración íntima de cajones y armarios que hablan por nosotros, que dicen mucho de Jonás, de su padre y de su madre desaparecida. 

Los nadadores revela la madurez que ha alcanzado la escritura de este narrador-poeta que es Joaquín Pérez Azaústre, escritor total y referente literario de su generación. Le recuerdo ahora recibiendo en Cádiz el Premio Fernando Quiñones por La suite de Manolete. Con Los nadadores ha firmado la que considero es su mejor novela hasta la fecha, la más acabada, la más despojada de artificio, la mejor construida. Se nota que habita un poeta en cada una de sus páginas.

Ahora les dejo que me han entrado ganas de dar unos largos en la piscina. Espero encontrarme con el hombre-pez. Si leen la novela sabrán porqué lo digo...

miércoles, 25 de julio de 2012

LA REVOLUCIÓN DE ISAAC ROSA

El escritor Isaac Rosa llama a la revolución. Quiere que los ciudadanos pasemos a la acción para desmontar el sistema capitalista. Yo creo también en una revolución de pensamiento, de ideas, que acabe con la impunidad de políticos y banqueros pero desde luego mi revolución no es la de Isaac Rosa ni la de cierta izquierda radical.

Rosa pasa por ser un escritor comprometido. Leí con entusiasmo su excelente El vano ayer que diseccionaba el aparato represor franquista con gran pulso narrativo. Lo recuerdo también en una Feria del Libro de Cádiz. En esa ocasión su discurso me pareció más bien previsible, endeble, cargado de todos los tópicos que maneja cierta izquierda radical.

Lo primero que habría que exigirle a Rosa es coherencia. Alguien que defiende el régimen dictatorial de Fidel Castro en Cuba no puede erigirse en abanderado de ninguna causa justa o noble ni puede invitarnos a la acción porque miedo me da el mundo perfecto que pretende construir Rosa si su revolución es la pesadilla en la que se ha convertido la Cuba del dictador que morirá en la cama como murió Franco.

Dicen que Rosa ganó el premio Rómulo Gallegos por su adhesión inquebrantable al castrismo. Imagino que su indudable valía como narrador también contaría. Pero es indudable que esa adhesión contribuyó al premio porque en el jurado había cinco individuos adeptos al régimen. ¿Qué credibilidad ideológica puede tener alguien que firmó una carta crítica por la condena de la ONU al encarcelamiento de disidentes en Cuba? El señor Rosa denuncia la represión franquista, que afortunadamente ya es historia, pero mira hacia otro lado cuando la represión se ejerce en el momento presente en esa Cuba idílica, modelo de libertad, de igualitarismo, de democracia real.  

Adjunto enlace a un interesante artículo de Roberto González Echevarria en Letras Libres sobre la concesión en 2005 del Rómulo Gallegos a Isaac Rosa

miércoles, 4 de julio de 2012

ESCRITORES


Según reza  el DRAE escritor es persona que escribe. A partir de esta parca e insuficiente definición cualquiera puede sentirse escritor con lo que la palabra en sí misma sufre una devaluación permanente. Escribir una novela, un libro de poemas o un ensayo es muy complicado. Exige haber leído mucho, haber investigado mucho sobre un determinado tema. La escritura debiera ser una unidad de destino como lo era para Juan Carlos Onetti o para Julio Ramón Ribeyro. Cuando proliferan los novelistas, poetas y ensayistas de variado pelaje la gente tiende a pensar que cualquiera escribe, que no hay esfuerzo ni rigor en lo que se emprende, que viajamos a las regiones del mero divertimento, a esta sociedad del espectáculo en la que importa más la apariencia que el compromiso real con la escritura.
Por esas razones escritora pudo llegar a ser Ana Rosa Quintana, perpetradora de aquella vergüenza llamada Sabor a hiel, y escritor o escritora puede llegar a ser casi cualquiera que se lo proponga, famoso o aspirante a serlo, sin que haya oficio ni pudor, exigencia o búsqueda y todos se creyeran tan trascendentes como para sentirse escritores a las primeras de cambio. A eso añadimos la proliferación de blogueros, término que algunos incluyen en su propio currículum vitae como si el ser bloguero tuviera per se  algún tipo de mérito. Y así leemos que Fulanita Pérez es escritora, poeta, historiadora, bloguera y hasta cantautora de inverosímiles ripios.  
De este modo no es  raro encontrarse con poetas que no leen poesía, con un tipo de escritor que se jacta de no leer, que ni siquiera tiene una biblioteca en casa, ni falta que le hace. Y en estos tiempos necesitamos más lectores que escritores, más difusión de la cultura que libros inanes que sólo sirven para satisfacer egos. Son estos los tiempos de devaluación cultural, de exhibicionismo permanente, por los que nos toca transitar, tiempos en los que cualquiera puede verter una opinión sin que la sustente una mínima base porque la ignorancia es atrevidísima en todos los sentidos. Y las voces autorizadas van siendo cada vez menos autorizadas, más descalificadas por ese mayoría que a su modo alza su voz y su falta de escrúpulos en facebook o en twitter. Una cuenta en facebook puede dejar al desnudo nuestras carencias. Hay quien calladito está más guapo pero ahora tiene en las redes sociales un modo de explayarse, de soltar todo lo que se le pasa por la cabeza.
Hace tiempo me encontré con un tipo que se vanagloriaba de haber escrito un libro en un mes y medio. No era Jordi Sierra i Fabra, recordman mundial de nuestras letras, capaz de urdir cinco novelas en un año. El tipo del que hablo nada tenía que ver con la literatura pero difundía una imagen de la escritura ciertamente lamentable. En todo ese proceso de vulgarización de las letras tiene que haber esa editorial que no tiene criterio alguno para publicar cualquier bodrio y en eso incluyo a la vergonzante editorial Planeta que tiene en su catálogo a “escritores-fantoches” como Tomás Roncero o como el mismísimo César Vidal que tiene el descaro de escribir un canon cultural y de incluirse a sí mismo,  en el colmo del onanismo, práctica de la que debiera abstenerse alguien que ha sido locutor de la purísima COPE. 
Con esta inflación de escritores urge buscar a quienes dignifican la palabra escrita. Uno de ellos es Gonzalo Hidalgo Bayal al que muchos de los que se consideran escritores por haber publicado un libro ni siquiera habrán leído. Basta leer Campos de amapolas blancas (Editorial Tusquets) para darse cuenta de que para firmar una obra maestra no hacen falta poses grandilocuentes ni seicientas páginas ni grandes campañas de marketing ni escribir otra maldita novela sobre la guerra  civil citando a Isaac Rosa. Lo que hace falta es ser consciente de que escribir es algo muy serio, que compromete al escritor consigo mismo y con el lector sensible y atento. Y que, en última instancia, no todo el mundo está capacitado para escribir, no todo el mundo posee el don de la escritura porque haya escrito un libro y haya plantado un árbol y ahora le falte el hijo para justificar su paso por este mundo.

martes, 22 de mayo de 2012

RECORDANDO A CARLOS FUENTES

Hay escritores cuya entrega a la literatura resulta abmirable. El escritor mexicano Carlos Fuentes era uno de esos escritores. En tiempos en los que cualquiera se siente escritor convendría no olvidar a escritores de esta talla, de esta dedicación, de esta fe en las palabras que se escriben contra la infamia, contra el dolor, contra el olvido. Al enterarme de su muerte me acordé en seguida de su novela Diana o la cazadora solitaria (Alfaguara, 1994). Allí contaba su historia de amor imposible con la malograda actriz Jean Seberg. 

Aquella actriz  fascinante nació en un pueblo perdido de Iowa y vivirá siempre en Al final de la escapada de Godard. La presencia de Jean Seberg en el cine nos sumerge de lleno en su fragilidad, en el fracaso de sus tentativas amorosas, en la soledad que seguía a la conclusión de una escena en una de esas películas que solía rodar por inercia, sin fe alguna en lo que estaba haciendo. Perdida en las brumas del alcohol o de las drogas tocó fondo hasta suicidarse, gesto final de desesperación que compartiría con su ex marido Romain Gary. Pero antes de que su adiós ocupara la primera plana de los rotativos Carlos Fuentes la conoció y la amó. Sabía que aquello no duraría demasiado, que todavía en la mente de Jean Seberg rondaba el rostro hierático de Clint Eastwood en La leyenda de la ciudad sin nombre.

Diana o la cazadora solitaria supone un acto de amor hacia Jean Seberg. Encontramos en el libro párrafos como el que sigue en el que Carlos Fuentes alude al terror del tiempo que se escapa de las manos y que somete al escritor a un drama perpetuo. Es la obsesión de quien lo fía todo a la escritura:
Tengo terror de quedarme sin tiempo para escribir. Escribir es mi pasión. Todo escritor nace con el tiempo contado. Desde el momento en que se sienta a escribir, inicia una lucha contra la muerte. Todos los días, la muerte se acerca a mi oreja y me dice: Un día menos. No tendrás tiempo. 
He aquí expresado el drama del escritor que escribe para vivir y del hombre que ama lo que no podrá ser, aquello que ya perdemos antes de retenerlo entre los dedos, como el rostro de angel herido de Jean Seberg entregándose a los brazos heladores de la muerte.

Carlos Fuentes dejó dos libros inéditos en esa lucha titánica contra el tiempo. En el camino quedó dibujada alguna obra maestra más, al margen de Diana o la cazadora solitaria que me parece uno de sus mejores libros. He escuchado todo tipo de elogios hacia su figura y algún exabrupto como el de José Javier Esparza en Intereconomía. El del parche en el ojo dijo desde su púlpito derechista que Carlos Fuentes es un escritor sobrevalorado. Dudo que lo haya leído, dudo que su ideología le permita analizar las cosas con el suficiente rigor. Lo que es evidente es que la pseudoliteratura de Esparza morirá con él. La de Carlos Fuentes seguirá viva por mucho tiempo como la de todos los clásicos.

lunes, 27 de febrero de 2012

MANUEL BARRIOS

Falleció el escritor isleño Manuel Barrios que tanto hizo por la narrativa andaluza. Como tantos escritores de su tiempo ha muerto en el olvido, como si nadie  recordara el eco que tuvieron en su día El crimen o La espuela. Al leer en la prensa la noticia de su muerte me he acordado de su novela Al paso alegre de la paz que editó con Planeta en el lejano 1975.  La novela arrancaba con el atentado a Carrero Blanco (diciembre de 1973) y a partir de ese hecho crucial viajaba a los prolegómenos de la guerra civil y hundía su prosa en la barbarie de aquellos años. Al paso alegre de la paz no es una de esas voluminosas novelas que se deleitan en la morosidad narrativa. Es una novela corta, aparentemente menor pero escrita con la maestría de domina el oficio.

Casi nadie se acordará de esta novela, ni siquiera aquellos que le han dedicado sentidas necrológicas al autor de Epitafio para un señorito. Leer Al paso alegre de la paz se antoja un ejercicio interesante en esta España que sigue marcada por su pasado trágico y en el que la derecha y la izquierda siguen empeñados en hacer una historia a su medida. Rescato el siguiente pasaje del libro, dedicado al cruel asesinato de Federico García Lorca que sigue sacudiendo las entrañas de la herida tierra andaluza:

Fernando Gómez detiene el coche en la plaza de Víznar. Federico, sin darse cuenta, sigue ofendiendo a todos con la pequeña petulancia del cigarrillo rubio. La plaza está desierta, como si la gente se hubiese escondido  debajo de las piedras.

Faltan ya pocos escalofríos y pocas piquetas de gallos cavando la aurora al seguir adelante, en tumbos por la carretera que lleva a "La Colonia" donde hay un grupo de retén al mando de Nestares.

Luego, por el rumor de la acequia, la quietud del olivar que abraza Fuente Grande.

Primero es el maestro de Pulianas, Galindo González, y en seguida, Joaquín Arcollas y Paco Galadí: dos banderilleros sin fama y sin fortuna.

Cuando van por él, grita y tiembla: el niño grande que tomaba de la mano a Ana María Dalí, aterrado del ruído del mar:

- ¿Qué váis a hacer conmigo, si soy católico?...

A menos de tres tiros de piedra, los faldones de sierra de Elvira; enfrente, la de Alfacar, tan desnuda, y pasando el Camino del Arzobispo, una última huella sobre la pizarra.

Desanudarse la chalina - la chalina de sus amaneceres líricos- y respirar el alba, que será bocanada ácida y fuerte, de pajuela, y, a los diez, veinte segundos, Federico nada más que un cuerpo roto. El diecinueve de agosto. Un montón de tierra al pie de un olivo. "Muerto a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra", certifica el juez municipal...

Y "El Granadino" también muerto, enterrado desde siempre con sus versos baratos. Sin rayo que le haga ceniza ni almohada que le lleve al sueño. Seguramente enardecido ahora, que es momento de empezar de nuevo a manchar las tapias, y las piedras, y las madrugadas celestes...

Ha muerto Manuel Barrios, narraluz de una España que fue y ya casi no es, escritor incansable que pergüeñaba pasiones en las teclas de su máquina de escribir. Me he acordado también de un librito suyo titulado Retablo de picardías que prologó el gran Alfonso Grosso, otro narraluz. En su prólogo parisino Grosso recordaba haber comprado La espuela en La Librería Española situada en el Barrio Latino. Grosso confesaba que en aquella novela palpitaba una Andalucía contradictaria y milenaria, dramática y estremecedora.

Las novelas de Manuel Barrios ocupan ahora el territorio caótico y apasionante de las librerías de viejo. Ese es el destino de muchos escritores que no gozan de reediciones ni de estudios críticos ni de campañas promocionales. A Manuel Barrios se le acusó de pasar de un antifranquismo moderado a unas posiciones de derecha muy beligerantes con el partido socialista. Barrios fue uno de los muchos desencantados que terminaron abrazando el pensamiento de la derecha democrática. Por eso la izquierda no lo ha acogido como uno de los suyos, pese a su apreciable trayectoria literaria y a su compromiso constante por el advenimiento de las libertades durante los años sesenta y setenta. Se ha olvidado demasiado pronto lo que aportó Manuel Barrios a la novela española de su tiempo. Quien se acerque a su obra encontrara más verdad que mucho de esa literatura que hoy día suele encontrarse en los escaparates.