Blog personal del escritor y poeta gaditano Luis García Gil que ha recorrido en algunos de sus libros la obra de Joan Manuel Serrat, de François Truffaut y de Jacques Brel.
Ya está a la venta Jacques Brel, una canción desesperada, mi nueva incursión en el apasionante universo de la canción con mayúsculas. En la web oficial de la Editorial Milenio (http://www.edmilenio.com/) puede leerse como anticipo el capítulo 2 del libro titulado El país llano. Jacques Brel, una canción desesperada ha sido prologado de manera exquisita por el poeta y músico aragonés Gabriel Sopeña. Conocer y tratar (aunque sea en la distancia) a Gabriel Sopeña ha sido una de las muchas satisfacciones que me ha deparado la redacción del libro. La portada ha sido ilustrada por mi amigo Tito Muñoz cuya generosidad y talento son ya de dominio público.
Otra satisfacción motivada por la escritura del libro tiene que ver con el contacto que he establecido con el profesor José Luis Atienza Merino, uno de los primeros estudiosos en España de la obra de Brel y autor del segundo volumen que dedicara a Brel la editorial Júcar después de la primera entrega firmada por Jean Clouzet.
No puedo olvidarme de lo que ha supuesto para mí trabajar con un editor del conocimiento y de la sensibilidad musical de Javier de Castro quien tiene además recién salida de la imprenta una recomendable biografía (escrita junto a Àlex Óro) sobre Los Sirex. Esta biografía puede también encontrarse entre los fondos de la Editorial Milenio cuya colección de libros de música es indispensable para cualquier aficionado que se precie de serlo.
Jacques Brel, una canción desesperada será presentado el 25 de noviembre en Cádiz y el 4 de diciembre en Barcelona. Más detalles sobre estas presentaciones en http://www.luisgarciagil.com/
Recuerdo que la primera vez que me sumergí en Peppermint Frappé (Carlos Saura, 1967) me impactó de forma notable. Fue el primer filme de Saura que vi. Cuando me enteré de la muerte de José Luis López Vázquez recordé su interpretación de médico de provincias en esta película en la que construye un personaje perverso, minado por la envidia y por el deseo insatisfecho. Cierta España arcaizante y brutal se refleja en Peppermint Frappé, una de las mejores películas de Saura en la que Geraldine Chaplin recita en una singularísima escena el poema "Yo voy soñando caminos" de Antonio Machado, referencia audaz y pertinente en una España franquista colmada de poetas oficiales.
En esta obra de Saura destaca el simbolismo, la ambiguedad, el erotismo obsesivo y reprimido. Por ello importa y mucho que la película esté dedicada a Buñuel y que el personaje de López Vázquez imagine a Elena (Geraldine Chaplin) tocando el tambor un remoto Viernes Santo en Calanda, la pequeña patria aragonesa del autor de Un perro andaluz. Atavismo, tradición, imagen idealizada y obsesión en medio de la asfixiante vida provinciana surcando el rostro de Julián, el descentrado protagonista al que da vida José Luis López Vázquez.
Aunque Saura lo negara muchas veces en Peppermint Frappé está además de Buñuel la sombra de Hitchcock y de Vértigo. Geraldine Chaplin se desdobla como Kim Novak en dos personajes, la enfermera Ana y la turbadora Elena que está casada con Pablo (Alfredo Mayo), médico emprendedor y viejo amigo de Julián con el que pasados los años aquel vuelve a reencontrarse convirtíéndose en un espejo que le ayuda a comprobar la monotonía en el que ha trascurrido su existencia.
Contaba el propio Saura que la idea de Peppermint Frappé le vino durante una visita a Calanda en plena celebración de la Semana Santa. En el trascurso de una procesión se quedó absorto mirando a una chica tocando el tambor con tal fuerza que le sangraban las manos. Esa idea fue el punto de partida de la historia que Saura filmó en Cuenca, una ciudad idónea que adquiere un protagonismo esencial en la película.
El poder de los objetos, el fetichismo, la sombra de los recuerdos infantiles (antecedente de La prima Angélica) todo posee en Peppermint Frappé un interés suplementario, incluida esa visión de un hombre desesperado que recrea a una mujer, que la idealiza, que la somete a su propia fantasía y a sus propios fantasmas. No es cierto que la película de Saura haya envejecido mal. Es un retrato feroz de un tiempo y de unas circunstancias que nunca puede ser ajeno, que aún hoy se cierne sobre nosotros. Dibujo de una fascinación enfermiza Peppermint Frappé permite entregarnos a un actor (López Vázquez) que rompe con su estereotipo para explorar otros registros nada habituales para el espectador medio acostumbrado al carrusel gestual y cómico del actor y a su representación del españolito medio. Aquí el actor está contenido, parco, en una interpretación clave en su transición a papeles desacostumbrados en su filmografía.
Tenía la necesidad de volver a Saura, al libro que le dedicó Enrique Brasó en 1974, a las sugerencias que posee un filme como Peppermint Frappé, incluida la estupenda fotografía de Luis Cuadrado, la absorbente banda sonora de Luis de Pablo, y la imagen de Geraldine Chaplin bailando al ritmo de Los Canarios.
Escuchar una y mil veces a Chopin. Detenerse en su opus 10 Nº 3 en mi mayor que el cineasta Michael Winterbotton utiliza en la apreciable y poco apreciada Génova. Pensar en la misma luna de todas las noches y empaparse de Chopin y pensar en lo que se nos va yendo de las manos mientras los segundos fulminan el poema que hoy tampoco acabaremos. Pensar en la vida futura que habita en el vientre del ser amado. Morirse pero en broma y no imaginar siquiera ese entierro con flores y responsos donde el muerto que seremos tendrá que aguantar la hipocresia y el cinismo de los que gustan de los cortejos más o menos fúnebres. No olvidar que somos, que aún somos una luz poderosa que vierte su canto, una infancia que viene y deposita la fe de sus astros. Y escuchar a Chopin, ese piano que llega y nos arrasa, esa melodía que nadie nos enseñó a amar.
Presenté mi libro sobre Truffaut en la FNAC de Sevilla en el marco del Festival Europeo de Cine. Me acompañaron Manuel Pedraz, periodista de RNE y responsable del espacio radiofónico Historias de papel, y el cantautor Fernando Lobo. Fue una presentación especial por la manera que tuvo Manuel Pedraz de conducir el diálogo que establecimos y porque estábamos en Sevilla, ciudad a la que le profeso por muchas razones un cariño muy especial. Por la calle Sierpes debe vagar el fantasma de mis 18 años cuando yo comenzaba mis estudios universitarios, antes del regreso a Cádiz que determinadas circunstancias forzaron.
Hablar de Truffaut en Sevilla y hacerlo en la FNAC fue un privilegio como lo fue contar con la voz querida de Fernando Lobo viajando de "La boheme" de Aznavour (guiño a Tirez sur le pianiste) al "Cine, cine" de Aute (guiño a Los 400 golpes). Esta visita a Sevilla me sirvió de reencuentro con el gran poeta y pintor cubano (además de buen amigo) José Pérez Olivares con el que muchas veces conversé sobre cine y con el que compartí cierta ocasión una proyección casera de Un soplo al corazón, la enorme película que Louis Malle estrenó a principios de los años 70. Pérez Olivares me trajo bajo el brazo su última colección de versos, Los poemas del Rey David (Tierra de nadie, 2008), una joya poética en la que se rinde culto a Los 400 golpes y a Antoine Doinel en el soberbio poema titulado "Muchacho que corre".
Al final del acto se me acercó un chico al que le dediqué mi libro viéndome reflejado en su propio rostro. Se llamaba Luis y se declaró fan de Truffaut. Pensé entonces que aún no todo está perdido y que aún hay jóvenes inquietos que pueden descubrir a Truffaut y hacerlo suyo.
La publicación de Estrofalario constata que la joven poesía gaditana llega para exigir su sitio. Estrofalario responde bien al entusiasmo de Charo Troncoso, ejemplo de dinamismo cultural en un contexto en el que no siempre soplan vientos favorables. Estrofalario se presentó el pasado jueves en Cádiz y tuvo como introductor y necesario mecenas al bueno de José Manuel Benítez Ariza que ha prologado esta odisea en verso. En Estrofalario, editado por Quorum Editores, se juntan doce poetas, doce maneras de entender la poesía, doce maneras de fijar en una hoja el latido de la fugitiva existencia.
Hay poetas aquí cuya mirada permanece y de cuya vocación y búsqueda constante del cauce verdadero del poema puedo y debo dar fe. Es el caso de Eduardo Flores que sabe del poder de la anáfora y cuyo poema "Entonces" nos regala versos e imágenes conmovedoras. Y es el caso de Charo Troncoso cuya obra lírica ya está debidamente asentada y cabalga en el mejor de los caminos como constata la aparición inminente de su tercer poemario titulado Juguetes de Dios.
En Estrofalario es gratísimo encontrarse con los hermanos Lobo (Fernando e Ignacio) que muestran su condición de juglares contemporáneos tentados por la belleza de las palabras. Y también se agradece la presencia de Juan Jesús Payán con una voz profundamente madura y un conocimiento evidente de la métrica. Estrofalario es un espejo en el que también ha venido a reflejarse Valero Cortadura con su colección de Cantos de un equilibrio y sonoridad ejemplares.
Completan el fresco de este libro subtitulado Voces nuevas en Cádiz Manuel Mª Álvarez, Eugenio M. Fernández Aguilar, José Aurelio Martín, José Simonet, Israel Alonso y Macarena Jiménez Quevedo. Cada cual con sus modos y maneras, pero todos contribuyendo al objetivo primordial de juntar voces y ecos de ahora mismo, voces y ecos que saben que la poesía sigue proyectándose hacia el futuro porque mientras haya vida habrá poesía. Felicidades a todos los poetas y especialmente a los que considero amigos y cómplices de la travesía de la vida y del verso. Larga vida a Estrofalario.
Los ojos de noviembre, la piel ceremoniosa de los cementerios, los cipreses del olvido, la canción de los otoños sacudiendo el amanecer. Acude noviembre a la palabra con su aluvión de ausencias y de poemas por escribir. Me refugio en los sonidos americanos de Daiquiri blues, el nuevo disco de Quique González que ha contado con la producción de Brad Jones. Trece canciones perfiladas a medio tiempo, hondas y reposadas palpitando hacia lo íntimo, hacia el alma de una guitarra que transita por rutas en las que habita el recuerdo y el implacable olvido.
"Necesito entrar en los sueños de ayer" nos susurra Quique González en su canción "Su día libre", lírico ejercicio que cuenta con una cuidada instrumentación que es común a todo el disco. Entre Bukowski y Nashville Daiquiri blues despliega sus armas sentimentales, ronda las noches en vela de los amantes solitarios y apunta alto en canciones como "Deslumbrado", "Riesgo y altura", "La luna debajo del brazo" o "Anoche estuvo aquí".
Quique González no olvida sus referencias, sus ídolos expresivos e itinerantes, pero sabe además conjugar un febril universo que ya le reconocemos como propio. Entre camareras insomnes, tipos acabados y lunas de marfil Quique González es un artista sincero y sensible que alivia con su talante cierta realidad de la música española. Quique González es alguien que con toda su tradición anglosajona a cuestas quiere cantar con Serrat demostrando con ello su sensibilidad, su criterio, su deseo de transparentarse en canciones que no se fuerzan, que respiran de modo natural, sin artificios.
Uno se abandona a Quique González mientras lee a José Emilio Pacheco y los poemas en prosa que conforman La edad de las tinieblas (Visor). Y miro la realidad del mundo a través de los ojos abiertos y viajeros del escritor argentino Martín Caparrós en Una luna (Anagrama) para retornar a Truffaut leyendo François Truffaut: La culture et la vie de Arnaud Guigue cuya lectura me quedó pendiente en mi indagación en el cineasta parisino. En medio de tantas lecturas desordenadas avanzo en la lectura de la prolija El pasado de Alan Pauls, memoria de quienes recuerdan que se amaron, de quienes contemplan lo absurdo de las fotografías que ya no significan nada mientras pasan los aguaceros como pasa la vida silenciosa y esquiva.
Todos los pensamientos nublan mi mente en estos días de noviembre, de afilados crisantemos coronando un cesto de mimbre. Me entero que ha muerto José Luis López Vázquez y me viene a la memoria su interpretación prodigiosa en La prima Angélica de Saura donde el inolvidable actor demostraba su ya probada versatilidad, más allá de sus papeles en la comedia desarrollista made in spain de Lazaga, Ozores y compañía. En los años setenta podemos encontrar vestigios de sus mejores interpretaciones en películas como El bosque del lobo de Olea, Mi querida señorita de Armiñán, Duerme, duerme mi amor de Regueiro o Habla, mudita la ópera prima de Gutiérrez Aragón.
De López Vázquez, memoria del mejor cine español, a Quique González que sigue cantando en esta noche poblada de fantasmas, de sueños conciliados, de plazas desiertas y mareas que tiemblan en las playas del alma. "Necesito entrar en los sueños de ayer...". Voz y lamento, tiempo, cadencia y el sabor de un daiquiri en los labios.
25 de noviembre: Presentación del libro Jacques Brel, una canción desesperadaen Cádiz. Salón Regio de la Diputación de Cádiz. 20:00 horas. Acompañarán al autor Patxi Andión, Juan José Téllez y el editor Javier de Castro. El acto se completará con la actuación de Al&Cris Tango.
27 de noviembre: Proyección del documental En medio de las olasen Arcos de la Frontera. Salón San Miguel. 19 horas.
4 de diciembre: Presentación del libro Jacques Brel, una canción desesperada en la librería Bertrand de Barcelona. 19:30 horas. Acompañarán al autor Javier de Castro, Joan Ollé, Joan Isaac y Miquel Pujadó.
Datos personales
Luis García Gil
Spain
Luis García Gil (1974) es autor de las siguientes publicaciones: Serrat, canción a canción (2004), La pared íntima (2007), Yupanqui, coplas del payador perseguido (2007), Las gafas de Allen (2008), François Truffaut (2009) y Jacques Brel, una canción desesperada (2009). Ha colaborado en Algo personal (2008), el cancionero oficial de Joan Manuel Serrat. Ha escrito y producido el documental En medio de las olas (2009) dedicado a la memoria de su padre, el poeta gaditano José Manuel García Gómez.