BIOGRAFÍA

En la obra de Luis García Gil (Cádiz, 1974) conviven de manera absolutamente personal literatura, cine y canción de autor. En el ámbito de la canción ha publicado Serrat, cantares y huellas, Serrat y Sabina a vista de pájaro, Jacques Brel, una canción desesperada, Javier Ruibal, más al sur de la quimera y Joan Isaac, bandera negra al cor. Su amor al cine ha dado como fruto el libro François Truffaut publicado por Cátedra y el guión y producción del documental En medio de las olas dedicado a su padre el poeta José Manuel García Gómez. También ha producido el documental Vivir en Gonzalo que ha dirigido Pepe Freire y en el que se profundiza en la obra de Gonzalo García Pelayo. Como poeta es autor de La pared íntima, Al cerrar los ojos y Las gafas de Allen. Es autor además del libro José Manuel García Gómez, un poeta en medio de las olas.




miércoles, 19 de septiembre de 2012

CRÓNICA GRANADINA





Escribimos para generar complicidades, para encontrar lectores sensibles que justifiquen el trabajo realizado, las noches de soledad en las que dimos forma a un sueño, a una esperanza o a una ilusión. Escribimos para sentirnos vivos, lejos de cualquier otra pretensión porque se escribe igual que se vive y porque no podemos entender la vida sin el latido que poseen las palabras al juntarlas, al nombrarlas.

Sin la escritura estaríamos más desamparados, más huérfanos, más solos. La publicación de Javier Ruibal, más al sur de la quimera me llevó hasta Granada para dialogar de asuntos varios con el músico portuense. Este encuentro en El Pícaro Café- Teatro de la ciudad de la Alhambra lo propició el Foro de la Magdalena que preside Martín Domingo. 

La literatura posibilita complicidades, sinergías y amistades y ha sido ella precisamente la que me ha conducido hasta Martín Domingo, un tipo singular y generoso al que ya considero amigo. Nuestras largas conversaciones telefónicas viajaban por multitud de temas para desembocar en Ruibal, en el deseo de organizar un encuentro granadino más al sur de la quimera. Y así se hizo el pasado día 12 de septiembre. 

Compartir con Ruibal conversación, diálogo no es cosa que suceda todos los días. La noche granadina estuvo de nuestra parte. Yo me encomendé para empezar al poema "Fuentes del Generalife" de mi padre, homenaje a su vez al músico gaditano Manuel de Falla que tanta vinculación tuvo a Granada. A partir de ahí volví a navegar por ese territorio de ensoñación, de magia, de belleza que conforma el cancionero particularmente mestizo de Javier Ruibal. Hubo tiempo también para abordar la cuestión política, inevitable asunto en época de recortes, de incertidumbres, de desvaríos políticos y tensión palpitante.

La velada tuvo su broche gastronómico y su tertulia futbolera, como correspondía. Granada incita al paseante a poseerla, a habitarla con los cinco sentidos, a dejar al corazón perdido por el Paseo de los Tristes donde el agua que resuena tiene forma de poema de Javier Egea.

Quede el audio como testimonio de este encuentro con Ruibal con quien siempre es y será un placer. Y quede siempre mi agradecimiento a Martín Domingo con el que ya tanto quiero.

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lunes, 17 de septiembre de 2012

VIVIR EN GONZALO


Comenzamos el rodaje de Vivir en Gonzalo, documental que dirige Pepe Freire y con el que abordaremos la faceta de productor discográfico y de cineasta del gran Gonzalo García Pelayo. Estamos entusiasmados con el proyecto que queremos presentar en la próxima edición del Festival de Alcances de Cádiz. El equipo de Vivir en Gonzalo se trasladó a Sevilla para grabar secuencias del concierto- homenaje al pintor, fotógrafo y dibujante Máximo Moreno, responsable de portadas discográficas históricas. Nos sentimos realmente privilegiados al escuchar in situ la prueba de sonido de Miguel Ríos y Raimundo Amador.  Y sobre todo al sentir que muchos de los artistas convocados remitían a los históricos discos producidos por Gonzalo García Pelayo, al sello Gong, a la propia eclosión del rock andaluz que incendió las calles de Sevilla en una época ya perdida para siempre pero que tenemos el deber de recordar del modo que merece.

Del concierto - de lo que pude vivir- me quedo con Aute hipnotizando a la audiencia con "Al alba", pieza maestra, epígono lírico del tardofranquismo. Bastó la presencia enjuta y la voz de Aute para conseguir el silencio de aquella Sevilla que se reunió en torno a Máximo. Pero hubo otros instantes de gloria como los que protagonizó Gualberto y su sitar o Pepe Roca que fundió con su voz de trueno Alameda con Triana.

Vivir en Gonzalo avanza con más entusiasmo que medios. En la imagen que acompaña estas líneas vemos a Pepe Freire filmando a Javier García Pelayo, hermano de Gonzalo, y regidor de escena de excepción del concierto-homenaje a Máximo Moreno. Su testimonio no tuvo desperdicio, como actor privilegiado de una época absolutamente histórica, la que nos lleva a los albores del sello Gong o al rodaje de Vivir en Sevilla.   

miércoles, 5 de septiembre de 2012

CATALANES

Leo con estupor al profesor Sánchez Saus en las páginas de Diario de Cádiz. Su artículo titulado Ni las gracias destila en el fondo odio hacia lo catalán al hilo de la noticia del rescate que Cataluña pide a España en estos tiempos particularmente sombríos. Sánchez Saus articula su trama con astucia y confunde a ciertos políticos catalanes con los catalanes. En el fondo parece despreciar la cultura catalana y al obtuso nacionalismo catalán suele responder con obtuso nacionalismo español. A Sánchez Saus le aconsejaría leer a Salvat Papasseit o escuchar a Ovidi Montllor recitándolo. En ese territorio íntimo es donde una lengua como la catalana despliega toda su hermosura. Y todavía hay tipos mal encarados que califican de dialecto el catalán, como si con ello quisieran ofender a quienes se expresan legítimamente en una lengua que algunos trovadores del medievo llevaban prendida de los labios. Martí de Riquer está ahí como fuente primordial para atestiguarlo.

Soy gaditano, andaluz y español pero también me siento absolutamente ligado a la cultura catalana y a la riqueza bilingüe de su territorio. Por eso me siento feliz de escribir un libro sobre el cantautor catalán Joan Isaac y fortalecer esos lazos como he hecho en varias ocasiones con Serrat. Todos esos proyectos literarios me llevan hasta las calles de Barcelona, hasta el Barrio Gótico, hasta Santa María del Mar y toda la magnificencia del arte medieval, puro recogimiento escénico que contrasta con el bullicio de la Rambla donde uno siente que fluye la vida como río apasionado, como verso de Gil de Biedma sobre la piel del tiempo.  

Y claro que hay catalanes que desprecian a los andaluces y viceversa. Falta formación e información y sobran políticos que manejan permanentemente discursos de confrontación. Lo que es curioso es que José María Pemán se mostrara más avanzado en los años sesenta hacia la cuestión catalana que Sánchez Saus. Vuelvan sus ojos hacia su artículo El catalán: un vaso de agua clara. El poeta gaditano leería con sonrojo y reprobación este Ni las gracias que destila catalanofobia por los cuatro costados. Así construyen algunos su particular patria española en la que sobramos la mayoría.

lunes, 27 de agosto de 2012

ELOGIO DEL VERANO


Canción del verano que se acaba, de tu cabello mojado por el mar, de tu prisa, de la mesa puesta que mi madre viste de una ternura antigua, elogio de las mariposas, del recreo infinito, del pájaro de la felicidad y de la hora de la siesta. Canción del verano que se acaba, de las playas de la infancia, de la luna del amante, de la caricia del sol y de los frutales. Veranos de brazadas en piscinas imaginarias, de toldos para buscar la sombra, de bicicletas de montaña, de campos, de barbacoas y de olas que regresan siempre al lugar de los prodigios.

Contemplo una fotografía de mi padre en la que siempre es verano. Yo aún no había nacido pero los rostros familiares me pertenecen de algún modo. El mar está ahí, misterioso, vibrante, maternal, como queriendo abrazar la estampa que hoy muda revela todas las cartas del pasado. Somos, fuimos, pasamos y en el abrazo fundamos nuestra pertenencia a la vida, al contacto con el mundo. Hijos debiéramos siempre ser de la infancia, del abrazo, del sueño. 

Juan Cobos Wilkins se acordaba en un poema de Para qué la poesía de la hamaca que le acogía en las siestas de verano. Yo me acuerdo de la playa de Cortadura a las afueras de Cádiz y de los escarabajos que enterrábamos en la arena para luego avistarlos en su salida a la superficie. Y me acuerdo ahora de la revista Don Balón donde salía Juan Gómez Juanito o un emergente Butragueño en víspera de la gesta mundialista de Querétaro. Yo estaba allí, niño feliz con su balón de reglamento, sin intuir la edad adulta, el fiero espejo que desordena gestos y palabras, el pupitre escolar asediado por las obligaciones.

Elogio del verano que ya se acaba, que ahora tiene los ojos de mi hija, la claridad de mi hija, la eternidad de mi hija que ya sabe decir -cual pregonera de la vida- "camaroooooooones freeeeeeeescos...". Y ahí va el pregonero con su cesta de camarones -hoy como ayer- y ahí va la memoria esparciéndose por la arena fina de la playa que no intuye el invierno que viene, que llega susurrante, con su lluvia y con su frío.

Elogio de los libros que leemos en la estación soleada como Helena o el mar del verano de Julián Ayesta. Escribe Ayesta: El dulce de guinda brillaba rojísimo entre las avispas amarillas y negras y el viento removía las ramas de los robles y las manchas de sol corrían sobre el musgo.... El primer párrafo ya revela una prosa fuertemente evocadora que huele a verano, a estampa familiar y amorosa, a revelación proustiana en tiempos de penitencia y sotanas umbrías dictando lo que es bueno y lo que es malo. A Ayesta le bastó este libro mínimo pero máximo para perdurar, para distinguirse en la literatura de la posguerra española y para hacer del verano literatura memorable.

Me miro en el verano que se acaba. Preparo una elegía, un canto de despedida. un réquiem. Mi hija no sabe que las cosas se acaban. No sabe que el invierno viene y que los poetas no hacemos otra cosa que constatar lo irreversible, lo que no vuelve, lo que no hace otra cosa que marchitarse. La foto de verano de mi padre me sigue mirando en la alta hora de la madrugada. Acontece lejos pero cerca, muy cerca de este instante en el que escribo con la botella de agua medio vacía a mi lado y un mosquito impertinente cruzando la pantalla de mi ordenador.

domingo, 12 de agosto de 2012

CON HOPPER EN MADRID

1. Contemplar el arte como si uno fuera un eterno aprendiz de la mirada sabia de Robert Hugues. Me enteré de la muerte del crítico de arte de la revista Time el mismo día que visitaba en el Museo Thyssen de Madrid la retrospectiva dedicada al pintor norteamericano Edward Hopper. Me acordé del libro A toda crítica que editó Anagrama y que recogía ensayos de Hughes sobre arte y artistas. En esa antología aparecía un texto sobre la retrospectiva que el Whitney Museum of American Art dedicó a Hopper en 1980. Se entiende mejor a Hopper a través de Hughes, lo entiendo mejor ahora que releo su texto en esta noche calurosa del mes de agosto. Hugues relaciona a Hopper con Manet y la melancolía de algunos de sus cuadros con la poesía simbolista.

Busco las claves de Hopper a través de Hugues y me sumerjo en la rotundidad lírica de Una mujer al sol que el crítico compara con las delicadas Anunciaciones del Quatroccento. También me acerco a Hopper a través de la mirada del poeta Max Strand en el libro reeditado por Lumen este mismo año. Strand se aproxima poéticamente a varias obras de Hopper y contempla, por ejemplo, a la mujer que mira a la ventana en Sol matutino. Hay toda una poesía en el rostro adormecido de quien no cesa de viajar al fondo mismo de la melancolía.

2. Reivindico Madrid en agosto, sin la premura y los agobios de otras fechas del calendario.  Nos atrevemos incluso a tomar un cocido en el restaurante El Ingenio lleno de referencias quijotescas. En el tren de regreso leo el último libro de poemas de Manuel Vilas y celebro su mundo poético absolutamente singular y absolutamente aconsejable. Eso sí no le perdono que mezcle en un poema a Clint Eastwood con José María Aznar en un extraño e irónico juego de celebridades sobre las que caerá también el peso de la muerte. Le aclaro, señor Vilas, que Clint Eastwood no morirá nunca. Al señor Aznar, en cambio, hace tiempo que le hemos olvidado aunque de vez en cuando tengamos noticias de él y haya nostálgicos del aznarato que teorizó Vázquez Montalbán.

3. El encanto de los cines Renoir en la calle Martín de los Heros de Madrid. Proyectan en una de las salas Mi semana con Marilyn, magnífico acercamiento a la personalidad de la mítica actriz y al rodaje de El príncipe y la corista de Laurence Olivier. Michelle Williams está fantástica como Marilyn y no cae en la caricatura de otras versiones interpretativas del mito. Dígase de paso que es un placer inmenso disfrutar del cine en pantalla grande y en rigurosa V.O.S.  Y el placer cinéfilo se multiplica cuando puedes darte un paseo previo por la librería Ocho y Medio que se encuentra en la misma calle Martín de los Heros. Entre libros de temática cinematográfica soy inmensamente feliz.

4. También en Madrid me enteré de la muerte de Sancho Gracia, el eterno Curro Jiménez de la pequeña pantalla. Algo de mi infancia regresa a mí cuando escucho la impetuosa B.S.O de Waldo de los Ríos. Con Sancho Gracia se va ante todo un excelente actor que era mucho más que aquel personaje que le dio fama. Juan Cruz le dedicó en El País una hermosísima necrológica.

martes, 31 de julio de 2012

LOS NADADORES


Ser buen poeta confiere un estilo, una forma de adueñarse de las palabras, de nombrar el tiempo fugitivo. El poeta que ejerce de novelista suele tener un camino ganado en ese sentido de adueñamiento de las palabras, de conmover a través del uso de una prosa fuertemente lírica. Es lo que sucede con Los nadadores (Anagrama, 2012) de Joaquín Pérez Azaústre. He recordado leyendo esta novela una antología de relatos de piscina que publicó Ronsel en 2004, la misma editorial que ese año diera a imprenta mi Serrat, canción a canción.

El territorio poético de Los nadadores es también el territorio del extrañamiento por el que camina el personaje de Jonás, un extrañamiento que es consustancial al tiempo incierto en el que vivimos. Pérez Azaústre refleja magistralmente el desconcierto generacional. Nadar viene a ser como una forma de huir y salir del agua -leemos- se parece remótamente a nacer.

En la portada de Los nadadores vemos a Burt Lancaster en un fotograma de El nadador, excelente película de Frank Perry que adaptaba el cuento homónimo de John Cheever. Es una referencia como otra cualquiera que apenas incide en el relato de pérdidas y ausencias que construye Pérez Azaústre que en el poemario Las ollerías tenía precisamente un poema en dos tiempos titulado "Los nadadores" que establecía un diálogo con el padre, con el origen, con el principio y la raíz de todo.

En un momento de la novela se nos recuerda a Mark Spitz, campeón olímpico e ídolo de adolescencia de Jonás. Spitz forma parte del regreso del protagonista a la casa de sus padres, a su propia infancia, al lugar del que nunca partimos del todo, al que siempre permanecemos ligados de un modo sumamente emocional. La descripción que Pérez Azaústre hace del piso familiar es meticulosa, como si por un momento la novela hubiera sido poseída por el fantasma de Georges Perec. De algún modo nos sentimos próximos a esa exploración íntima de cajones y armarios que hablan por nosotros, que dicen mucho de Jonás, de su padre y de su madre desaparecida. 

Los nadadores revela la madurez que ha alcanzado la escritura de este narrador-poeta que es Joaquín Pérez Azaústre, escritor total y referente literario de su generación. Le recuerdo ahora recibiendo en Cádiz el Premio Fernando Quiñones por La suite de Manolete. Con Los nadadores ha firmado la que considero es su mejor novela hasta la fecha, la más acabada, la más despojada de artificio, la mejor construida. Se nota que habita un poeta en cada una de sus páginas.

Ahora les dejo que me han entrado ganas de dar unos largos en la piscina. Espero encontrarme con el hombre-pez. Si leen la novela sabrán porqué lo digo...

lunes, 30 de julio de 2012

ADIÓS A MARUJA ROMERO

Me entero del fallecimiento de Maruja Romero, viuda de José Luis Tejada. Al irse la eterna compañera de Tejada es como si el poeta portuense muriera dos veces y volviera a nosotros el eco inmarchitable de sus versos. No comprendo el olvido que pesa sobre determinados poetas a los que casi nadie lee ni rinde homenajes públicos. Al pensar en Tejada, en el poeta amoroso, pienso en mi padre que hoy lamentaría la muerte de Maruja. Y pienso en los que hacen y deshacen la historia de la poesía española contemporánea del modo que mejor les place. Cuando se habla de la generación del medio siglo Tejada no suele ser citado y se le ignora como se ignoran a otros poetas andaluces del 50 salvo José Manuel Caballero Bonald quien parece eclipsar -y no por razones puramente literarias- al resto. Algo de eso apuntaba Jaime Siles en la introducción a la antología que la Fundación José Manuel Lara editó del poeta portuense y que se tituló Desde el fracaso escribo, titulo elocuente de la angustia hecha verso de Tejada.

Al morir Maruja regresa Tejada de algún modo a las conversaciones y también regresa el yo trágico, amoroso y existencialista de Razón de ser, el gran libro del poeta. Recuérdense, por ejemplo, estos versos estremecedores:

Será mejor estarse quedo en casa,
cerrar labios y ojos, puertas, manos
y sólo abrir el chorro
salobre y esporádico del llanto.
No quejarse siquiera a media voz (...)

¿Quién no está solo...? " se pregunta el poeta en Razón de ser, sinfonía del llanto en las palabras mecidas por el viento. Resulta apasionante el despliegue verbal de Tejada, su forma de abordar la pasión amorosa, de mirarse barrócamente por dentro, a la manera del clásico Lope. El poeta arriesga y gana, construye versos memorables y no abandona jamás su sentido de la religiosidad pero sin que ésta le limite su libertad expresiva, su forma de cantar y decantarse y de tocar incluso la sexualidad.

Abro Razón de ser y hallo la dedicatoria sin fecha para mi padre: A José Manuel García Gómez, poeta de Cádiz, con mi amistad y pendiente de su palabra crítica. Imagino a mi padre leyendo el poema "Consolación por la carne", síntesis del mundo de Tejada. En la estrofa final los amantes - Maruja y José Luis-  huyen del roce de la muerte. Ahora la parca los ha convocado para un abrazo definitivo en ese más allá en el que Tejada creía firmemente. Quizá como poeta de sentir religioso algunos que todo lo prejuzgan le pongan una etiqueta desde el parnaso de su descreimiento.

Descanse en paz Maruja Romero. Y sepan los portuenses más jóvenes que aparte de Rafael Alberti -mil y una veces homenajeado- existió un poeta humano y profundo llamado José Luis Tejada. Volverlo a leer sería el mejor homenaje que podríamos hacerle a quien fue su eterna compañera.