La poesía de Charo Troncoso fluye como un río y como un río creciente baña y acoge, surte y desemboca en un mar de claridad y belleza.
Juguetes de Dios es su tercer libro de poemas, un tercer espejo en el que la poeta gaditana viene a reflejarse y a entregarnos la piel unánime y nada ajada del verso. Después de
Huir de los domingos y de
Delirios y mareas Charo Troncoso prosigue su búsqueda, su inagotable búsqueda y va encontrando en su camino océanos de complicidad, lectores que encuentran en su voz desnuda y rotunda un modo de conmoverse, de entender que el poema es una apuesta cargada de futuro que no puede pactar con modas ni necesita de audiencias masivas para hallar su identidad, su sino. El poeta se sabe minoritario pero también sabe que sin su poesía el mundo no sería el mismo, no podría ser el mismo.
Juguetes de Dios invoca de entrada a Oliverio Girondo para arrancar acto seguido con un soliloquio fundamentado en la imagen de un cementerio de marionetas rotas. Yo también decido mecerme con su poema en los brazos de mi madre, como símbolo de todas las madres, como forma de vencer la intrigante oscuridad que nos acecha. Porque quien canta al beso fugitivo, a la amargura, al silbo herido del viento, bien sabe que hilvana estrategias para postergar la muerte o el olvido o la miseria moral que rodea la realidad del mundo que no nos puede ser ajena cuando mojamos la pluma en el tintero. Y eso es el poema, una manera de revelarse y de revelarnos (con v y con b) de buscarse en los otros y de navegar en lo íntimo, de amar y desbordarse, tal como hace Charo Troncoso en
Juguetes de Dios, libro de plenitud que abre nuevas vías de expresión y de conocimiento en su obra en marcha.
La misma Charo, que cual rayo de esperanza convoca a los poetas de Cádiz y su provincia a infinitas aventuras, la misma Charo emprendedora, motor de antologías y habitante del verso compartido, despliega en
Juguetes de Dios su particular atlas sentimental y emocional en poemas que hermosamente hablan de “despertar para soñarlo todo”, de utopías colectivas y suicidas desesperados que eligen el modo de acabar con su vida. El poema “Miedo” lo precede una cita de un poema de José Hierro y en él se adivina la fragilidad de los sentimientos, de los futuros que proyectamos con la mirada. La vida y el amor están llenos de olvidos y de injurias, de finitud, pero el verso de Charo Troncoso alza su vuelo y sabe que un poema debe aspirar siempre al infinito.
“Dios nos vigila…” cantaba Bob Dylan en "Romance in Durango" y somos juguetes en sus manos, sombra de una sombra envuelta en otra sombra, mientras nos asomamos presurosos e infantiles a un ático donde se cruzan los gatos y los poemas. Y en ese ático brilla Charo Troncoso con luz propia, con su entusiasmo y su fe inmutable en el poema y en el valor de comunicación que éste posee y aquí podríamos hablar de la faceta pedagógica de Charo Troncoso pero nos desviaríamos de
Juguetes de Dios, su último poemario que vislumbra horizontes de grandeza para una poeta que tiene los pies en el suelo, que sabe que ésa es la única forma de crecer en cualquier oficio y todavía más en este ámbito de envidias soterradas que es la literatura. En el verso de Charo Troncoso no mueren las musas, aunque escribir un poema someta al poeta muchas veces a una lucha titánica consigo mismo. Quien lo probó lo sabe.
Juguetes de Dios se me queda en los dedos y en los ojos mucho después de haberlo leído. En él late el corazón de una mujer que no olvida todo lo que la poesía le debe a la cultura popular y a la canción como muestra el guiño al grupo
Golpes bajos en su poema “Misantropía” en donde hay una rebelión consciente contra este mundo que algunos se empeñan en convertir en un arrabal de vacuidad y superficialidad. Atrévanse a poner la tele cada día y sabrán lo que quiero decir y lo que Charo Troncoso alerta haciendo especial incidencia en los riesgos de la desmemoria colectiva. La poesía es también memoria propia y ajena y si calla el cantor calla una parte de esa memoria.
Caronte aguarda su momento (“
la nada es todo” cantaba la gran poeta catalana Maria- Mercè Marçal) pero mientras que la nada arriba al puerto quedan lunas de tránsito y espera, enamoradas lunas donde postrar el verso, lunas para elegir el insomnio y no sufrirlo como una condena, para ser menos juguetes de Dios y más nosotros mismos porque la clave del poeta la resume Charo Troncoso en el último halo de luz de su libro, cuando nos susurra que escribir es dejar constancia de que una vez se ha sido, es sentir el aldabonazo de las palabras que salen al encuentro de quien las llama: “Escribir para no llorar/ y llorar si no se escribe”, versos finales que constituyen un modo de resumir la poesía transparente, inspirada, necesaria y urgente de Charo, poeta y amiga en el sendero de la poesía que siempre nos termina salvando.