domingo 27 de septiembre de 2009

VACACIONES DE INVIERNO

Vacaciones de invierno es el título de la última novela del escritor y poeta gaditano José Manuel Benítez Ariza. Se trata de un relato circular con el que su autor parece querer dar inicio a una nueva trilogía. Podríamos decir que nos encontramos ante una novela de cierto tono costumbrista que la prosa cuidadísima y nada efectista de Benítez Ariza conduce a los territorios de la buena literatura, de aquella que deja en el lector una huella indudable.
Viajamos por sus páginas a una ciudad provinciana que es fácil identificar con Cádiz a pesar de que la acción trascurra en un hospital que pudiera ser cualquier hospital de cualquier ciudad de provincias. Estamos en el año 1973 y aún no ha volado por los aires el coche oficial de Carrero Blanco. Pero ese contexto no tiene trascendencia porque la España terminal del régimen franquista apenas tiene protagonismo en la novela. No hay aquí (y se agradece) intencionalidad politica sino el retrato de un adolescente y del mundo que le rodea y de aquellas circunstancias que le obligan a convalecer en un viejo hospital tras partirse la mandíbula en un accidente con la bicicleta de su primo.

Importa mucho más en esta novela la recreación del ambiente de aquella época, el marco emocional en el que se desenvolvía y crecía un niño en los años setenta, que la propia referencia al viejo dictador y a su vieja política aniquiladora frente a los opositores y a las ansias de libertad. Estamos, por tanto, ante una historia sencilla en la que Benítez Ariza derrama algo o mucho de su propia experiencia sin obviar sus dotes de narrador que cuenta historias. Los caminos de la ficción y de la memoria de la infancia se entrecruzan componiendo en Vacaciones de invierno un retrato singular de un tiempo y de una ciudad que escapan del simple dibujo de la rutina hospitalaria. Personajes cercanos a la caricatura, como Germán, el celador, poseen una gran entidad en el relato y protagonizan momentos singulares y memorables en el devenir de la crónica de internamiento hospitalario. La mera presencia de Germán carga de sugerencias la historia. El mundo de los adultos gira en torno al niño que aguarda impaciente el alta hospitalaria, mientras ha de verse obligado a tratar con Javier (el niño- diablo) o ha de consolarse mirando las piernas de la enfermera Lola cuya manera de caminar alivia algo la reclusión del protagonista que sólo encuentra algo de amparo en su excursión a la sala de juegos del hospital en una de las mejores secuencias de todo el libro.

Más allá de los muros del hospital habita el ritmo cotidiano de la ciudad con sus calles y plazas y se derrama algún apunte mínimo de la actualidad del país con alusiones a José Legrá o a Cassius Clay o a la tragedia de los Andes. En el Teatro Andalucía los carteles anuncian a Esperanza Roy (entonces vedette de cierta cotización) y en cierta tienda del casco histórico se permite el trueque de tebeos de moda que una vez leídos son sustituidos por otros. La novela de Benítez Ariza sabe además introducir las problemáticas del mundo adulto y su repercusión en los niños y lo hace a través de los padres del protagonista cuyos problemas de convivencia quedan sugeridos con gran sutilidad por parte del autor.

Vacaciones de invierno es una novela que permanece después de ser leída en la memoria del lector y viene a confirmar (por si hiciera falta) las excelencias narrativas de Benítez Ariza, bajo el amparo ahora de una editorial de la pujanza y buen hacer de Paréntesis que dirige con acierto Antonio Rivero Tavadillo. Los capítulos cortos y el estilo conciso de Benítez Ariza son un acierto. No de otro modo podía contarse esta historia repleta de personajes que con pocas pinceladas quedan ejemplarmente descritos como el maestro don Juan: "hombre atezado, seco, chupado de cara, con expresión entre melancólica y astuta..." (pág. 124) o Rosa, la sobrina de Germán, con su aliento a tabaco y su "pantalón acampanado, color teja, y una camisa crema, hombruna y holgada..." (pág. 132). Y entre el Varón Dandy del padre, la impaciencia de la madre, la influencia del primo Ángel y los juegos reunidos trascurre este viaje de adolescencia de Benítez Ariza cuyo estilo depurado hubiera suscrito el gran Henri Pierre Roché al que ahora vuelvo a releer con entusiasmo y al que descubrí (como no podía ser de otro modo) gracias a François Truffaut.

lunes 21 de septiembre de 2009

SAURA

Alcances se despidió rindiendo merecido tributo a Carlos Saura, un cineasta excepcional que ahora transita por la estética del documental musical. Recuerdo muy bien aquel Alcances de mediados de los noventa que se dedicó a su obra y en el que se proyectaron películas claves en la historia del cine español como La caza, La prima Angélica o Cría cuervos. Eran cintas audaces que retrataban los lobos que conformaban los pilares de la sociedad franquista. En aquel Alcances escribí reseñas de las películas de Saura en las páginas de Cádiz Información y me vienen a la memoria las conversaciones sobre cine que tenía en la redacción de aquel periódico con Keko Ruiz.

Pasado el tiempo me encuentro con Saura en este remozado y renovado Alcances y tengo el honor de dedicarle mi libro sobre Truffaut y de preguntarle por aquel Festival de Cannes de 1968 en el que Godard y Truffaut boicotearon la proyeccíón de Peppermint frappé con el consentimiento de Saura. El mayo francés hervía en las calles de París y no podía consentirse que el Festival de Cannes siguiera su curso como si tal cosa. La imagen de Truffaut colgado del telón queda como símbolo de aquel tiempo de revueltas estudiantiles y utopías revolucionarias.

Al autor de Jules y Jim se le acusó muchas veces de no haberse mojado públicamente en muchas cuestiones y de rodar al margen de la coyuntura lo cual quien esto escribe entiende como un acierto que hoy no supone lastre alguno para el visionado de su cine. Pero aquel 18 de mayo Truffaut fue una de las fuerzas vivas que posibilitó junto a Godard y Louis Malle el cerrojazo a Cannes. De aquel día pude hablar con premura con Saura que se llevó mi libro y se perdió por un largo pasillo del Hotel Atlántico, poco antes de las loas del homenaje que Cádiz le rindió y acompañado por la voz dulce de Vittorio Storaro, responsable de las iluminaciones prodigiosas de sus últimos trabajos.

viernes 18 de septiembre de 2009

PRESENTANDO TRUFFAUT



La cita fue en el Centro Cultural Reina Sofia dentro de la programación de Alcances. Presenté mi libro dedicado a François Truffaut que acaba de ser editado por Cátedra. Me acompañaron en la mesa y en la tertulia cinéfila Gonzalo García Pelayo y Antonio Serrano Cueto. Todo un lujo. Introdujo el acto Antonio Castillo, Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Cádiz. La música la trajo la voz delicada de Ana Salazar que estuvo arropada por el guitarrista Ricardo Rivera. Otro lujo. Entre Edith Piaf y Aznavour navegó la selección francófona de Ana Salazar mientras nosotros conversábamos sobre Nouvelle Vague, sobre los ataques furibundos de Godard a Truffaut, sobre Antoine Doinel buscando la playa de la libertad y sobre aquel hombre que hizo poesía y romanticismo con el cine con su amor a las mujeres, los niños y los libros. El profesor, escritor y amigo Antonio Serrano Cueto me regaló el siguiente texto que comparto con todos vosotros. Las fotografías vuelven a ser gentileza (como casi siempre) de mi buen amigo Fernando Fernández.

Muchos de los presentes recuerdan sin duda la célebre dedicatoria de Walt Whitman que encabeza sus versos: Esto no es un libro, lector, estás tocando a un hombre. Pues bien, en este libro palpitan dos hombres: François Truffaut y Luis García Gil. Y no lo digo porque Luis haya confesado en alguna página de internet que “él es Antoine Doinel”, sino porque ha puesto razón y alma en estas páginas. Que el prólogo de Homero Alsina se titule “Prólogo a un entusiasmo” no es gratuito.

Visto el título, podrá pensarse que este libro es una biografía al uso. Pero no se engañen. Si para Truffaut vida y cine eran un todo indisoluble, Luis ha sabido rendirle el mejor de los homenajes: un libro donde el río de la vida se ve desbordado por el caudal del cine.

Porque en este libro hay mucho cine, más cine que vida. No hay circunstancia vital que no esté supeditada al hecho cinematográfico. Veamos un ejemplo. Cuando se menciona a sus mujeres (Madelaine, Deneuve, Moreau, Ardant…), éstas entran en escena más por su protagonismo en la aventura cinematográfica del director, que por su vínculo personal con el hombre.

También ha rehuido Luis la linealidad cronológica, introduciendo en la primera parte del libro, dedicada a “El cine y la vida”, continuos flash back. Por ejemplo, cuando aborda al Truffaut crítico, retrocede hasta los años cincuenta, después de haberlo dejado en 1976 explicando la importancia que tuvo en su vida la Cinemateca. Creo que este capítulo, que el autor titula, con un nuevo guiño cinematográfico, “No disparen al crítico”, es de los más enjundiosos del libro.

La pasión de Luis por Truffaut se percibe en cada página. Donde más se evidencia es sin duda en su esfuerzo por que el lector conozca los argumentos de los detractores del cineasta, para acto seguido poder rebatirlos o, al menos, ponerlos en cuestión. Hay momentos, no obstante, en los que Luis regaña al propio Truffaut. Como cuando le objeta un comportamiento injusto con algunos cineastas del Cinéma de qualité.

Bastarían estas primeras ochenta páginas para tener un conocimiento sólido de la filmografía de Truffaut, porque el autor desgrana y entrelaza todas sus películas, examinando las motivaciones del director, el proceso de realización, la acogida del público y de la crítica. Sin embargo, Luis añade un extenso capítulo dedicado a la revisión pormenorizada de “Las películas de mi vida”. Así lo titula.

Con la lectura de este libro yo he descubierto qué poco sabía de Truffaut. Al mismo tiempo he visto confirmadas algunas ideas, divagaciones de espectador que fui guardando unidas al recuerdo del director. Como he dicho, Luis ha sabido captar el espíritu del cineasta. A mi modo de ver, Truffaut dejó que el cine devorara poco a poco su vida. Esto explica muchas cosas, no sólo los elementos autobiográficos y obsesivos de su cine. Puede explicar también su distanciamiento del París que ardía a finales de los sesenta. Mientras en las calles se fraguaba el 68, Truffaut daba a luz a películas encorsetadas en su mundo personal, como Besos robados o La sirena del Mississipi. ¿Qué fue del chico rebelde de Los cuatrocientos golpes? Su respuesta: amor y cine, más amor y más cine.

Es cierto que sus grandes temas son la infancia y el amor, pero sobre todo el amor desde la perspectiva del hombre. El amor como desiderátum, ya que no puede encarnarse en ninguna mujer. De ahí que la mujer aparezca siempre como un ser dominante y mágico, deseado y desconocido a la vez, y que el hombre ande perdido en esta búsqueda vana. Si a ello añadimos, como en el caso de Doinel, una infancia sin el afecto materno, la vulnerabilidad del amante lo deja expuesto al adulterio y al deseo desestabilizador. Domicilio conyugal y El hombre que amaba el amor quizás sean las películas que mejor condensan este conflicto.

Cuando en Domicilio conyugal Doinel le dice a su esposa, ya roto el matrimonio: Eres mi hermana, mi hija, mi madre, Christine le responde: Ojalá fuera también tu esposa. Porque eso es lo que Doinel parece buscar y encontrar en las mujeres: el afecto y la protección que no tuvo en la infancia. En esta misma película Doinel confiesa que no sólo le gustan las mujeres, sino también sus familias, en lo que parece una búsqueda de la normalidad que no tuvo la suya.

Y al final resulta que el amor se esconde en su fugacidad, en el ubi sunt que recorre El amor en fuga, donde lo transitorio del amor desfila en la pantalla en ese tren de secuencias rescatadas de las películas anteriores del ciclo. Como he dicho antes, Luis se detiene en numerosas ocasiones en las críticas que recibía Truffaut por parte de sus colegas: su frío romanticismo, el aburguesamiento de su cine, en contra de sus postulados iniciales, la heterogeneidad de sus películas, su falta de compromiso político, etc.

Al margen de que algunas críticas fuesen o no fundadas, sospecho que también se la tenían jurada por enfant terrible, ya que él no dudaba en lanzar sus dardos contra la profesión del crítico no sólo en sus escritos o manifestaciones, sino incluso en sus películas. En El amor en fuga hay una escena elocuente. Doinel acompaña a su hijo Alphonse a la estación de Lyon y, cuando el niño ya está en el tren, le dice que sea disciplinado con el violín y llegará a ser un buen músico. El hijo le pregunta: “Y si no? La respuesta de Doinel es tajante: “Serás crítico”.
Tampoco el público parecía valorar sus películas. Cabe preguntarse si, como él defendía, su cine era concebido para llegar al espectador de su tiempo. Truffaut no quería caer en el intelectualismo y en la abstracción a lo Godard, sin embargo, hay un punto de intelectualismo en el uso constante del libro y en la mención reiterada de los autores que él amaba. Aquí se aprecia su carácter obsesivo, como también en el hecho de que repitiera no ya personajes y nombres en el ciclo de Doinel, sino incluso en otras historias. Hay un Bernard en El último metro y otro Bernard en La mujer de al lado, en ambos casos protagonizados por Gérard Depardieu. Tengo para mí que algunas de sus películas debían de resultar al público demasiado parecidas. Pero hay un hecho que parece indiscutible: Truffaut fue fiel a su propio compromiso moral y estético, aún a riesgo de que su cine no calase en el público.

Se ha dicho también que sus películas han envejecido mal. Yo creo que es así en algunas de ellas; en absoluto en otras. En este sentido la menos lograda es para mí Fahrenheit 451, que ya fue un fracaso cuando se estrenó. Resulta sorprendente que Ray Bradbury afirmara en varias ocasiones que estaba muy satisfecho con la versión cinematográfica de su libro. La película no sólo es fría; a veces resulta un poco infantil, especialmente la imagen enlatada del camión de bomberos acudiendo a las citas. En descargo de Truffaut hay que decir que el cine de ciencia-ficción tiene el hándicap de luchar contra una época que avanza acelerada. Cuando uno ve hoy, por ejemplo, la película de que hizo en los sesenta George Pal, con Rod Taylor como protagonista, sobre el libro La máquina del tiempo de Georges Wells, siente que ese futuro, que podría ser nuestro todavía, es ya demasiado viejo. Quizás lo mejor de Fahrenheit 451 sea la música de Bernard Hermann.

Tampoco el paso del tiempo ha mejorado el ciclo de Doinel. Ahora bien, hoy pueden verse como historias cercanas La mujer de al lado, Las dos inglesas y el amor o, para mí una de las mejores, Vivamente el domingo. Y, por supuesto, la que considero su obra imperecedera: Los cuatrocientos golpes.

Hay aspectos del cine de Truffaut que me llaman mucho la atención, y sobre los que luego, si hay tiempo, podemos hablar.

1) La teatralidad de la puesta en escena de algunas películas, no sólo de El último metro. Estoy pensando en el ciclo de Doinel, donde son frecuentes los espacios reducidos, decorados que se repiten, el peso del diálogo…

2) Siendo el ciclo de Doinel una la de las singularidades del cine de Truffaut, sorprende que su puesta en pie parece haber sido más por interés de terceras personas que por iniciativa del propio Truffaut. Si el productor Pierre Rostang no le hubiese pedido hacer una segunda entrega (Antoine y Colette), ¿hubiera Truffaut dado el paso?

3) El comedimiento en lo referente al sexo. En algunos casos llega a mojigatería. Estoy pensando en una escena de Fahrenheit 451. La mujer de Montag, el protagonista, ha quedado inconsciente después tomarse un frasco de píldoras. Una vez recuperada gracias a esos extraños técnicos que acuden al aviso, la pareja se recuesta en la cama en un abrazo de lo más infantil.

4) El humor en su cine está poco logrado. Claro que esto debía de ser una limitación no tanto del actor, como del director-guionista. Hay escenas, por ejemplo, en Domicilio conyugal, que buscan el humor en el absurdo, pero, en mi opinión, Truffaut no logra sus objetivos. Por ejemplo: el trabajo absurdo de Doinel dirigiendo barquitos; la repetición de la escena previsible en que su amigo Jacques le pide dinero prestado; la compra de la escalera de biblioteca que no sirve para nada,

Y, puestos a detectar lo inverosímil (no sé bien si con fines humorísticos también), el hecho de que su mujer Christine le aconseje por teléfono cómo tratar a su amante cuando él telefonea varias veces desde el restaurante.

Y, para terminar, una curiosidad: ¿se ha escrito algo sobre la presencia del teléfono en las películas de Truffaut? Aparece con frecuencia, por ejemplo, en Vivamente en domingo, pero ahí está justificado por el carácter hitchcockniano de esta película, ya que el teléfono es un buen recurso en pro del suspense. Sin embargo, en el ciclo de Doinel su uso es frecuentísimo, hasta el punto de que parece un adicto a las cabinas.

En fin, todo esto y más nos enseña y sugiere el libro de Luis, una lectura que les recomiendo de veras. Un libro escrito con pasión hasta el epílogo, donde el autor cuenta emocionado su visita en una tarde invernal a la tumba de Truffaut en el sombrío cementerio de Montmartre. Al leer estas páginas yo he revivido mi propia visita este pasado verano, cuando me acerqué a la tumba del cineasta y pude ver lo que Luis cuenta: que sobre su lápida personas anónimas siguen dejando testimonios de su admiración. No es poco legado.

jueves 17 de septiembre de 2009

ESTRENO DE UN SUEÑO


Se estrenó En medio de las olas, nuestro documental, nuestro particular sueño, y no pudimos estar mejor arropados. El cine se llenó, los amigos respondieron a la cita y la poesía de José Manuel García Gómez volvió a latir en la voz de Joan Manuel Serrat, de Pasión Vega, de Javier Ruibal, de Joan Margarit, de Carmen de la Jara, de Fernando Lobo y de tantísimos artistas y poetas que se han unido a esta recuperación de la obra de mi padre. Las fotografías que acompañan estas apresuradas líneas son el reflejo de las emociones vividas y compartidas.

No puedo dejar de agradeceros a todos los que asististéis al estreno de En medio de las olas vuestra complicidad. No faltaron algunos de los protagonistas de la película como Pasión Vega, Carmen de la Jara, Enrique Montiel, Pepe Maestro, Chiquito de Cai, Juan José Alba, Fernando Lobo, Rafael Ramírez Escoto o Enrique Treviño. Mención especial merece Pasión Vega cuya presencia reforzó la repercusión de esta puesta de largo de En medio de las olas.

El camino emprendido por En medio de las olas sólo ha comenzado. El verso encendido de mi padre vuelve a escucharse. A veces la vida regala momentos inolvidables y maravillosos, momentos que al vivirlos se es consciente de su excepcionalidad. No puedo dejar de agradecer al Festival de Alcances y a Javier Miranda su hueco en la programación y a Pepe Freire y a mi mujer Carmen todo lo que ya saben ya que sin ellos no hubiese podido existir este sueño cargado de poesía, memoria y sentimiento.

sábado 12 de septiembre de 2009

AGENDA

Miércoles 16 de septiembre: Estreno del documental En medio de las olas en el Festival de Alcances. Hora: 5 de la tarde. Lugar: Multicines El Centro de Cádiz.


Jueves 17 de septiembre: Presentación del libro François Truffaut (Editorial Cátedra) con la presencia de Gonzalo García Pelayo, Antonio Serrano Cueto y Ana Salazar que interpretará tres canciones de Edith Piaf. Hora: 7 de la tarde. Lugar: Centro Cultural Reina Sofia de Cádiz.


Viernes 2 de octubre: Presentación del libro François Truffaut (Editorial Cátedra) con la presencia de José Prudencio López Campuzano y la cantante Verónica Díaz. Hora: 8 de la tarde. Lugar Librería Hojas de Bohemía (Jerez).

viernes 11 de septiembre de 2009

MÁGICO GONZÁLEZ


¿Quién se llevó de pronto la multitud…?
Manuel Picón

Los violines cansados de tu orquesta,
los barcos que zarparon a deshora,
la luna que se bate en retirada,
el viento que musita tu herida
en la playa asediada del invierno.
En esta hora alguien me habla de ti,
de la magia y del silencio,
de la multitud que gritaba
tu nombre en el estadio,
del balón acunado en tus botas,
como acuna el trovador
su guitarra en la pampa infinita.

Todo suena a cansancio o huele
a rosa atribulada de un jardín lejano,
a mujeres de paso, a gacelas heridas,
a Garrincha apurando la última copa,
apartado de todos, fuera del mundo.
Está lloviendo sobre el álbum de cromos de la infancia,
y tus gestas se han quedado suspendidas en el aire.
Pero alguien me habla de ti
y vuelvo a recordarte driblando
a la marrullera soledad en un campo de juego.

Los bares en los que deambulabas
estaban cerrados a las cinco de la tarde,
por eso preferías conducir el cuero,
besarlo y retenerlo entre tus botas,
olvidando aquel barro de la infancia,
la acera polvorienta, la tarde gris
de un tango que se bailaba a solas.

¡Mágico, Mágico, Mágico!
Gritaba tu nombre la multitud,
esperando que el balón
llegara a tus dominios
para que algo mágico sucediera...
¿Clásico o romántico?
No sé. No hay palabras
para definir tu juego,
cuando querías jugar,
cuando no te vencía
la desidía, la indisciplina,
el viento de levante
o la espina rigurosa del invierno.

Bien sabes que en un cajón
muchos niños de entonces
guardan todavía tu autógrafo,
junto a un ajado ejemplar de Diario de Cádiz
donde el cronista celebra aquel gol
que le hiciste al Racing de Santander...

¡Mágico, Mágico, Mágico!

TOQUE DE QUEDA

Cuidado con el perro escribí con letras grandes a la entrada de mi casa y la gente estaba recelosa y tímida. El perro que les salía a recibir era pequeñito, amistoso y juguetón. Y yo explicaba: Puse el letrero para evitar que ustedes lo pisen al entrar. Nadie reía porque todos llevaban el susto encima.

Lo leo en esa suma de sentencias sabias y menos sabias que es el libro Toque de queda de Ramón J. Sender (Plaza y Janés, 1985) donde también leo una frase que suscribiría el Woody Allen de Annie Hall.
Nacer es un error y el hombre discreto trata de ir rectificándolo a lo largo de toda su vida. Yo me he acercado, a veces.
Y en estos tiempos de crisis rescato esta frase de Sender de enorme actualidad:
¿España es el vagón de cola de Europa? Quizá. Pero cuando el tren va hacia atrás (es lo que sucede ahora en Europa) el vagón de cola es el primero.

miércoles 9 de septiembre de 2009

AMENAZA EN LA SOMBRA



El título original de la película fue Don't look now. La dirigió el cineasta británico Nicholas Roeg en 1973. La historia ambientada en una Venecia hostil y angustiosa partía de un relato de Daphne du Maurier. He vuelto a ver Amenaza en la sombra hace unos días y sigue pareciéndome un filme impactante y fascinante, el mejor trabajo con diferencia de Nicholas Roeg quien curiosamente coincidió con Truffaut en el rodaje de Fahrenheit 451 (1966). Roeg fue operador jefe de aquella película y fue de los pocos que sintonizaron con Truffaut durante el complicado proceso de filmación de Fahrenheit 451. El talento fotográfico de Nicholas Roeg tiene su ejemplo en Fahrenheit pero también en otras cintas de los sesenta como La máscara de la muerte roja de Roger Corman, Lejos del mundanal ruido de John Schlesinger o Petulia de Richard Lester.

Amenaza en la sombra no es efectista como la coetánea y mucho más popular El exorcista. Se trata por el contrario de un filme muy interesante e inquietante, muy bien dirigido y montado, con una música inolvidable de Pino Donaggio que trabajaría posteriormente con Brian de Palma. Donald Sutherland y Julie Christie están perfectos en sus roles de padres atormentados por la muerte accidental de su hija pequeña. No hay nada que falte en la construcción de esta pequeña joya de misterio que incluye una larga secuencia erótica que fue muy comentada en su tiempo y que en la España franquista no pudo verse gracias a los efectos de la censura que daba sus últimas muestras de intolerancia.

Resulta curioso que en los años setenta tengamos dos filmes "venecianos" de indudable interés y en los que la magnética ciudad de Venecia es filmada al margen de los tópicos turísticos al uso. Ni Visconti en la crepuscular y soberbia Muerte en Venecia ni Roeg en Amenaza en la sombra quisieron perder la ocasión de adentrarse con un notable sentido escenográfico en la laberíntica ciudad de los canales.

martes 8 de septiembre de 2009

INVITACIÓN TRUFFAUT

Como ya sabéis el jueves 17 de septiembre a las 19.00 horas presento en el Centro Cultural Reina Sofia de Cádiz mi libro sobre François Truffaut. Allí estarán Gonzalo García Pelayo, Antonio Serrano Cueto y la cantaora Ana Salazar interpretando canciones de Edith Piaf. Un día antes, el 16 de septiembre, estrenamos en Alcances a las 17.00 horas el documental En medio de las olas dedicado a José Manuel García Gómez.

LUNA DE SEPTIEMBRE

La misma luna de septiembre,

la flor arrebatada del verano,

la mano apaciguada del otoño,

el río que fluye y que pregunta.

En esta hora agitada miramos

a la playa abandonada, al sol

que se recoge en la explanada,

al muro sollozante del silencio.

La luna de septiembre y la lluvia

que vendrá a rondarte la memoria,

la nube del poema atravesado,

el incesante pájaro que huye.

Y septiembre, mes callado y dulce,

hora de sentarse a la mesa,

de elegir las armas y el paisaje

para hacer frente a lo que viene.

Y lo que viene puede importunarte,

puede arrancarte la esperanza,

puede ensañarse con tus posesiones,

con todo lo que amas y defiendes.

Pero piensa en esta luna de septiembre,

luna meditada que resbala

por el horizonte de tus labios,

luna solitaria, amante imprevisible...

LA PIEL SUAVE

Publicar un libro es cumplir un sueño aunque sepamos que el libro deja de pertenecernos en el mismo momento en el que se distribuye por las librerías. Entonces el libro cobra vida propia, va al encuentro de algunos lectores y es algo cada vez más extraño para quien lo concibió. A uno le persiguen algunas erratas de las que no se dio cuenta y que tampoco advirtieron los correctores y también algunos errores insalvables e inevitables que son consecuencia de las muchas noches en vela y de esa imposible perfección a la que uno aspira cuando escribe sobre algo que le apasiona.

Ni Truffaut ni Brel podrían ser capítulos cerrados para mí. Seguiré volviendo a ellos y seguiré aprendiendo de ellos permanentemente. Curiosamente ayer volví a ver La piel suave que Truffaut filmó en 1964. Para la elaboración de mi libro he revisado todo el cine de Truffaut varias veces y ya fuera del proceso de escritura del libro sigo teniendo la necesidad de volver a ver sus películas y seguir tomando nuevos apuntes. En La piel suave está la crónica de un adulterio, el triángulo amoroso de consecuencias devastadoras con la sinfonía de los juguetes sonando de fondo mientras una niña llamada Sabine siente el alejamiento progresivo de sus padres. La piel suave retrata la fragilidad de un escritor y conferenciante de mediana edad llamado Pierre Lachenay al que da vida el actor Jean Desailly. Pierre está casado con Franca (papel que recayó en Nelly Benedetti) y en uno de sus viajes se enamora de una azafata llamada Nicole (Françoise Dorléac).

La música de Georges Delerue acaricia esta película de Truffaut que algunos calificaron de "vodevil trágico" dentro de una serie de críticas poco favorables que se vertieron contra la cinta. Pero La piel suave ha resistido mejor el paso del tiempo que otras películas del cineasta parisino. La pintura de la vida provinciana en Reims está magistralmente pintada por Truffaut. A Reims se desplaza Pierre a presentar un documental sobre André Gide, concretamente Avec Gide dirigido por Marc Allegret en 1951. En un hotel le espera desesperada Nicole que comprende pronto que el amor no es lo que parece.

La piel suave termina en tragedia. Impacta la aparición final de Franca en el restaurante y el disparo seco contra su marido que aún creía en una posible reconciliación. Las fotografías que lanza al aire endiablado de la mañana son la prueba del adulterio de Pierre. Uno piensa entonces en la niña Sabine y en la infancia desprotegida que le aguarda más pronto que tarde y vuelve Truffaut a la senda de Antoine Doinel.

Hay una foto del rodaje de La piel suave en la que se ve a Truffaut encaramado a una especie de tarima esperando para rodar. En un sofá vemos dormido al actor Jean Desailly que debía compatibilizar el rodaje de la película con su trabajo en el teatro por la noche. La foto es curiosa y no hace pensar en el odio que se profesaban el director y el actor cuya presencia nada carismática sorprende entre los antihéroes que pueblan el cine de Truffaut.

La piel suave cuenta con escenas filmadas en el apartamento de Truffaut en París que entonces se encontraba situado en el número 15 de la calle Conseiller-Collignon. La propia circunstancia amorosa del cineasta está reflejada en una cinta en la que nadie puede olvidar las medias de Françoise Dorléac en sintonía con el fetischismo de Truffaut que filma aquí los objetos y la rutina existencial de sus personajes como si de una versión mejorada de Antonioni se tratase.

Cine en el más puro sentido del término, fuera de la modernidad cinematográfica de la Nouvelle Vague y en sintonía con su personalidad poética y cinematográfica. Vendrán después de La piel suave las críticas negativas y algunos fracasos artísticos hasta volver a encontrar la inspiración y el genio. Y morirá Françoise Dorléac en un accidente y Truffaut llorará su ausencia y evocará su risa interminable.

domingo 6 de septiembre de 2009

LA PISCINA VACÍA

El verano se acaba y no nos hemos dado ni cuenta. Decía el personaje de la inolvidable Romy Schneider en La piscina (Jacques Deray, 1969) que no le gustaba el verano y que prefería las estaciones intermedias. Con la estación intermedia del otoño nos adentraremos en un nuevo curso político cargado de tanta ramplonería como el anterior. Cansa abrir un periódico y encontrarse con los lugares comunes de la política (a derecha e izquierda) y cansa y ofende encender la televisión y comprobar una vez más cómo programas tan impresentables como Sálvame (Tele 5) cuentan con el respaldo de la audiencia que gusta del espectáculo bochornoso de Jorge Javier Vázquez y compañía. Dormirán tranquilos todos los responsables de esta burda televisión de cada día en el que las propuestas de calidad no aparecen ni por asomo y en el que sólo se busca el espectáculo zafio y morboso.
En ese contexto dominante resulta difícil hablar de Truffaut o de Brel, artistas en el sentido más pleno de la palabra que algunos que presumen de formación universitaria ni tan siquiera conocen y lo que es peor ni les importa conocer. La España deformada y alcahueta que no enseña a apreciar la cultura con mayúsculas y que se arropa en las letras y melodías fáciles de Carlos Baute, protagonista efímero de este verano que está a punto de extinguirse.
El verano agonizante simboliza un fruto herido o una piscina a punto de entregarse al vacío y que recuerda nostálgica la plenitud del mes de julio. Ciertos poetas cantan a este mar entristecido que despide a los bañistas. La vuelta al trabajo se hace rara y también el cruce apagado de conversaciones con aquellos que exigen que en diez segundos les sinteticemos nuestras vacaciones. Pero uno huye de ciertas rutinas y se refugia en la escritura o en un café al atardecer que se comparte con un amigo fiel de los que mira a los ojos permanentemente y sabes que no te criticará a la vuelta de la esquina.
Septiembre irá sepultando las canciones del verano. Bajo la arena más de un niño habrá guardado su alma y todo será regresar de donde uno no se ha ido del todo. La lista de libros pendientes de ser leídos se hace interminable. Nadie puede escribir sin leer aunque cierto poeta (del que me reservo el nombre) afirme que no lee poesía para no dejarse influir por otros y con ese planteamiento es evidente que no se puede llegar a ser buen poeta ni siquiera se puede llegar a ser poeta.
En una entrevista Roberto Saviano cree en el poder de la literatura para cambiar el curso de los acontecimientos. Su denodada fe en las palabras resulta destacable en un mundo que no considera a la literatura como algo indispensable cuando sin ella simplemente no seríamos los mismos. Para combatir las malas artes de los políticos y de los gestores televisivos queda la palabra derramada en el cuenco de la vida y queda la poesía por mucho que sea pisoteada por la ignorancia o por el propio ego de algunos otros poetas que escriben para ellos mismos o para su camarilla.
Queda la poesía que abre puertas inesperadas y queda la música nacida del corazón y quedan los veranos en los que fuimos felices, en los que nos asomamos al amor, a la ternura de un beso que podía pintarse en el cielo de una madrugada. El verano que se perderá como se pierden estas manos por el paisaje del folio en blanco mientras en una piscina que ya no existe baña su cuerpo Romy Schneider en el preciso momento en el que Alain Delon la contempla casi por última vez.

martes 1 de septiembre de 2009

EL VIAJERO DE SEPTIEMBRE

Regresan las rutinas laborales, los gestos torvos, los grises horarios de oficina. A Julio Antunez le salva la sábana blanca del amor que ostenta, los libros dibujados en el horizonte, los poemas que mecerán el próximo otoño tratando de desentrañar el absurdo del mundo. Septiembre es el mismo principio, el mismo revuelo infantil que acuna el espacio, la misma canción que amanece en los labios del mundo. A escena sale Julio Antunez, desgarbado y profundo, el poeta maldito de la ciudad provinciana, que enseña su canto y su agonía y la lanza contra aquellos que jamás hicieron por comprenderle.
La playa ha quedado atrás con las blancas palomas de su oleaje. Rugen los motores, las ciudades invisibles y los nombres que Julio da a ciertas tardes vitales y entusiastas. Julio se dedica a prender la llama contra el olvido, la llama cotidiana del verso o del párrafo que alumbra el camino que emprende el viajero. Algo queda, claro que algo queda, más allá de la ponzoña cotidiana, del veneno de todos los inviernos.
Julio se duerme leyendo El viento de la luna de Antonio Muñoz Molina y evoca el rostro de Monica Vitti, musa de Antonioni, en un cine de Mágina. Subraya donde dice que uno no debiera olvidar la última vez que paseó de la mano de su padre. Y Julio no lo olvida, ¿cómo podría olvidarlo?
La tarde cae lentamente y hoy a Julio le fustigan ciertas cosas. Pero sabe que le salva el acento de la ternura que acuna en su ida y venida por su escritorio repleto de papeles y de escritos a medias. No deja de fumar aunque sepa que el tabaco no hace otra cosa que minarle la salud. Siempre se vió a sí mismo fumando una cajetilla de Gitanes en una terraza de una cafetería parisina mientras leía de un modo obsesivo a Henry Miller.
Julio Antunez escribe y alguien recogerá el sonido de sus palabras. Hará con ellas una casa ventilada por la que entre el sol todas las mañanas. Entonces comprenderá que todo ha merecido la pena aunque ahora no lo parezca. En un rincón de su pequeña morada duerme su perro Sirio (guiño a Aleixandre) un sueño triste. Le acompañan los sones de la noche, el susurro de los dulces amantes que respiran en la lejanía morbosa de alguna pensión de mala muerte. Y no cesarán de acompañarle los libros que lee sin descanso, uno tras otro, y en los que deja parte de sí mismo. Julio ha leído más en su vida que muchos de los profesores que le dieron clase y le suspendieron y no sabían quien era Jean Eustache. Curiosa paradoja en la vida de un poeta maldito.