domingo 28 de junio de 2009

MICHAEL JACKSON

“La muerte es como un árbol/ sembrado con uno, y que nos nace/ al tiempo que nacemos, con la primera/ lágrima nuestra en los ojos...”. Estos versos forman parte del poema “El árbol” del poeta gallego Celso Emilio Ferreiro y pertenecen a su libro Longa noite de pedra (Larga noche de piedra) publicado por la colección de poesía El Bardo en 1967. No sé los motivos por los que he pensado en el comienzo de este poema al enterarme de la muerte de Michael Jackson. Quizá fuera porque la infancia de Michael Jackson tuvo más lágrimas de las precisas. Reconozco que nunca fui seguidor del cantante, aunque en los años ochenta nadie aficionado a la música podía permanecer ajeno a discos como Bad y a otros hitos anteriores del artista. Cualquiera de nosotros contaba con un amigo o un conocido que fue fan de los Jackson Five y tenía en su discoteca particular buena parte de la discografía del cantante.
Quiero decir con todo esto que Michael Jackson no dejaba indiferente a casi nadie aunque sus giras españolas no respondieran casi nunca a las expectativas creadas. En el Camp Nou de Barcelona cantó en agosto de 1988 y no llenó el aforo. Le acompañaba como vocalista una tal Sheryl Crow con la que interpretaba en el escenario "I just can't stop loving you". Los que asistieron a ese concierto recuerdan un espectáculo perfectamente medido pero algo frío. El problema de Michael Jackson era que marcaba demasiadas distancias con su público, que parecía hallarse fuera del mundo, fuera de la realidad, atrapado quizá en su propio mito, en su propio genio o en la burbuja dictatorial de su propio entorno. Todo esto se termina notando en el conjunto de su obra que no puede equipararse en trascendencia artística a la obra de un Bob Dylan o de un Jacques Brel. Los poetas de la canción van por otra senda, dibujan otra sensibilidad, eso lo tengo muy claro, por mucho que Jackson revolucionara con su estética musical y su vigor escénico el pop de los ochenta.

Vaya usted a saber cómo se construyen ciertos mitos que envuelven su vida con una aureola de misterio. Algunos de estos mitos de la modernidad (Elvis Presley fue pionero en ello) suelen sufrir una decadencia imparable que termina completando los necesarios elementos morbosos que dan tanto juego en los medios. Llatzer Moix aludía en un artículo de La Vanguardia publicado en octubre de 1987 a los mitos insustanciales de los ochenta y criticaba por excesivo el fenómeno Jackson o el de Madonna con toda su parafernalia publicitaria y mediática. No le faltaba razón a Moix en sus apreciaciones. Pasar de Dylan a Michael Jackson como referente generacional suponía sin lugar a dudas un retroceso sin negar por mi parte las virtudes de un álbum de las características de Thriller.
Que un artista como Michael Jackson terminara siendo devorado por sus excentricidades y por las polémicas de toda índole no deja en buen lugar a quien antes que nada debe luchar porque su obra sea valorada como merece sin que deban pesar criterios que nada tienen que ver con lo artístico. Que a Michael Jackson le dedicaran su tiempo los programas del corazón es sintomático de la distorsión sufrida por la imagen del cantante en la última década. A estos programas nada les puede importar su música ni sus éxitos. Lo que les guía son los detalles escabrosos del artista, su afición o no a los niños, su mutismo, su hipocondría exagerada y ese final que la justicia deberá aclarar y con el que se abrirá la primera parte del culebrón posmortem de Michael Jackson.
Pese a todo ello, pese a la insustancialidad real de ciertos mitos, no me atrevería a decir como Eduardo Jordá hace en un artículo que la obra de Michael Jackson carezca de interés. Es un juicio presuntuoso de quien confunde opinión personal con la realidad objetiva. No es justo dar la espalda a un artista de esta dimensión que aunque le pese a Jordá está en la historia de la música pop y forma parte de su evolución y también de su revolución. Para no perdernos, como siempre, entre tanto escaso rigor crítico, lo mejor es leer a Enrique Alcina en las páginas de Diario de Cádiz y en su blog unido por lazos de sangre con estos oficios del diletante.


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jueves 18 de junio de 2009

BIBLIOTECA IMAGINARIA

En el siguiente enlace podéis leer una entrevista que me hizo Sergio Rojas García para La Biblioteca Imaginaria, un interesante espacio de reseñas de libros y entrevistas. Hablamos sobre todo de La pared íntima.

Agradezco al escritor Raúl Rubio Millares que contara conmigo para dicha entrevista.

LOS OJOS AZULES DE LA MUÑECA ROTA

Regresamos de Madrid y como siempre el tiempo nunca es suficiente para hacer todo lo que queremos hacer. Cargo el equipaje de libros y discos que sé que no puedo encontrar en Cádiz. En la Filmoteca Española proyectaron un ciclo de Jean Eustache, cineasta post nouvelle vague cuya personalidad me fascina desde que visioné La mamá y la puta. Asistimos a la presentación del libro Spanish Horror de Carlos Matellano que precede a la proyección de la curiosa cinta Los ojos azules de la muñeca rota que protagonizara Paul Naschy en 1973. En la presentación del libro, además del autor y de Paul Naschy, se encuentran Jack Taylor, José Ramón Larraz y Antonio Mayans. Se debate sobre el menosprecio que el cine de terror ha tenido en España en el que la crítica ha sido muy dura con las aportaciones al género de terror de Naschy, Klimovsky y compañía. Se hicieron muy malas películas (esto es evidente) pero también se rodaron películas audaces e interesantes como Pánico en el Transiberiano o No profanar el sueño de los muertos. Larraz dice que el verdadero terror es hacienda provocando la risa de los presentes.
El remodelado Cine Doré con su aureola de nostalgías está prácticamente lleno. Es un privilegio asistir a una proyección en un cine de estas características, alejado de la estética de los multicines y donde se proyectan películas que en algunos casos no han conocido distribución comercial en nuestro país y no se han editado en DVD. Como corresponde las películas se proyectan en versión original con subtítulos al castellano. El caso de Los ojos azules de la muñeca rota llama la atención ya que se rodó en inglés con vistas al mercado europeo y con un tratamiento que el censor español tacharía de escabroso. Es una película que mira con dignidad hacia el giallo italiano y tiene una acertada atmósfera que sigue provocando cierta inquietud al espectador. Me impresiona la escena de la matanza de un cerdo que será la protagonista de Le cochon, el documental de Eustache que se proyecta el día siguiente. Después de la proyección de Los ojos azules de la muñeca rota me fotografio junto a Naschy como modo de recordar la inolvidable velada.
Lejos de Paul Naschy y de la Filmoteca Española nos citamos con Isabel Gemio en los estudios de Onda Cero Madrid que se encuentran en San Sebastián de los Reyes. Me ofrece participar en un proyecto muy hermoso en torno a Serrat que confío pueda dar su fruto muy pronto. Mientras ello ocurre reviso las versiones casi definitivas de mis libros sobre Truffaut y Brel que aparecerán a la vuelta del verano. El documental En medio de las olas está también casi finalizado. Todos los proyectos han llegado a buen puerto menos la novela que sigue pidiéndome un tratamiento diferente. Hay que dejar madurar lo escrito y quitar aquello que sobra. Como advertía Bresson donde hay dos violines dejar solamente uno.
Comienzo a leer el estudio sobre Clint Eastwood del gran Carlos Aguilar en Cátedra, una nueva mirada a la obra del último cineasta clásico cuya filmografía sigue creciendo cada año con un ritmo de producción admirable en los últimos años. Eastwood está acometiendo en estos momentos El factor humano, adaptación de la novela del mismo título de John Carlin.
Vuelvo la vista en estos días a Enrique Vila-Matas y a su magistral Bartleby y compañía con esa pléyade de escritores que en algún momento de sus vidas renunciaron a escribir o que incluso no llegaron a escribir nunca. A Rulfo se le murió el Tío Celerino y se calló. Ejemplos como los de Rulfo abundan y esa indagación en el misterio de esos escritores del no por parte de Vila- Matas resulta muy atrayente.

viernes 12 de junio de 2009

ESCRITO EN MADRID

Escribo desde la habitación del hotel de Madrid en el que nos alojamos en estos días. Tengo tanto sueño que paradójicamente me cuesta conciliar el sueño. La noche palpita en las afueras con sus mil historias cruzadas. Cada persona que observo cruzar la calle porta una historia anónima que podría ser digna de ser escrita. Son días en los que la ciudad celebra una nueva edición de la Feria del Libro. Tenemos ocasión de saludar a Luis García Montero que ha venido a firmar sus libros. También nos acercamos al poeta y locutor deportivo de Onda Cero Radio Javier Ruiz Taboada que es probable que venga a Cádiz pronto para presentar su libro de poemas que ya ha alcanzado la segunda edición, algo milagroso en el complicado mundo de la poesía. En la Feria del Libro ocurren hermosas causalidades como la de haber conocido al escritor sevillano Daniel Ruiz García que firmaba ejemplares de su última novela La canción donde ella vive, todo un homenaje al rock anglosajón. De Daniel me había hablado muy bien el poeta sanluqueño Domingo López que había celebrado con entusiasmo su primera novela Chatarra.
La Feria del Libro es un curioso cosmos donde no todo es literatura. En un stand puede estar firmando Antonio Gala y en otro Octavio Aceves o Ramiro Calle por no hablar de las estrellas televisivas que promocionan sus olvidables publicaciones. Todo suele valer en esta multitudinaria celebración de la lectura en la que el público inunda con su presencia el Parque del Retiro. El sol es de justicia y hay escritores heroicos que aún no habiendo firmado ningún libro mantienen su aplomo y dignidad. Seguramente al llegar a casa mientan diciendo que han dedicado algunas decenas de libros. Entonces la dignidad y el aplomo se habrán perdido.
Antes de acostarme leo al colombiano Ramón Cote Baraibar, premio de poesía Unicaja con su libro Los fuegos obligados. De él ya había leído el excepcional Colección privada que editó Visor hace algunos años. Su libro es un acierto desde el poema inicial "Qué pájaros serán memoria" hasta el poema en prosa "Es un decir" que cierra el libro. Afortunadamente Cote Baraibar no practica poesía posmoderna al modo que en un reciente y atrevido ensayo proclama Agustín Fernández Mallo. Lo suyo es buena poesía y punto, al margen de modas, tendencias y supuestas modernidades literarias.
Mañana será otro día. En unas horas amanecerá en Madrid sin que haya necesidad de que siga cantándolo Hilario Camacho. La gloria se evapora en segundos y queda esa búsqueda constante de la verdadera felicidad. Una búsqueda que se situa lógicamente muy lejos de aquellos que lo devastan todo y te acusan con el dedo pero a los que no les prestas la más mínima atención. La vida no es otra cosa que seguir caminando y no desfallecer nunca pese a esos rostros de la niebla que de vez en cuando se fijan en nosotros como amenazas palpitantes y peligrosamente familiares. Madrid es esa ciudad que uno siempre recibe con los brazos abiertos. La noche avanza. Ella, a quien le canto en secreto, duerme en lo profundo lejos ahora de la hora luminosa y entregada de los besos.


jueves 11 de junio de 2009

AL VENT

1. A Raimon se le ocurrió “Al vent” en una Vespa camino de Valencia desde Xàtiva donde nació. Tales fueron las circunstancias de la canción más emblemática del cantautor valenciano. “Al vent” era un estallido, un grito a lo Edvard Munch, una canción de afirmación personal, un grito de libertad en tiempos en los que vivir en libertad era una utopía. En aquella España nada sutil nació una composición tan aguerrida como “Al vent” a finales de los años cincuenta grabándola Raimon cuatro años más tarde. Hablo de “Al vent” porque Carles Gámez ha publicado un libro excelente en el que a través de esta canción y de la significación de la figura de Raimon realiza una aproximación al fenómeno complejo de la Nova Cançó. El libro se titula 50 anys Al vent: Crònica d’ una Nova Cançó y lo ha editado con sumo gusto la Universidad de Valencia.

No es el único libro de música de cuya lectura disfruto en estos días de junio. Dylan: Historias, canciones y poesía (Scyla Editores, 2009) viene a enriquecer la ya de por sí rica bibliografía sobre Dylan. Con prólogo de Bono (que elige Bringing it all back home como su álbum predilecto) el libro ofrece numerosas curiosidades sobre la obra de Bob Dylan y sobre los distintos periodos en los que puede analizarse su obra. El seguidor del genio poliédrico se encontrará con un texto de interés y con muy buenas ilustraciones.

2. Compartimos cena y tertulia con la escritora Clara Sánchez que ha participado en el ciclo Memoria y Ficción organizado por el Centro Andaluz de las Letras. Conocer a Clara Sánchez y a su marido ha constituido un verdadero placer para nosotros. Hay escritores que caminan con un aire de superioridad y que resultan poco accesibles. Clara Sánchez no forma parte de esa nómina de escritores autosuficientes. La autora de Últimas noticias del paraíso o la reciente Presentimientos muestra su amor por la literatura sin aspavientos, sin necesidad de sentar cátedra a cada momento. Clara Sánchez cree en una escritura alejada del barroquismo siguiendo la máxima stendhaliana de la claridad.

Lo triste es que este tipo de actos protagonizados por escritores destacados del panorama narrativo actual no hallen una mayor respuesta por parte del público o simplemente una respuesta. Supongo que habrá que resignarse ante esta realidad palpable y ante la desmotivación generalizada de la comunidad universitaria completamente ausente en este tipo de convocatorias.

3. La especial sonoridad del aire y las noches incurables del mes de junio. Uno piensa en Jaime Gil de Biedma y en su poema “Noches del mes de junio” que dedicara a Cernuda. Cualquier momento es bueno para pensar y releer a Gil de Biedma o mejor para leerlo como si lo hiciéramos por primera vez. Es lo mismo que me exijo al regresar a las melancólicas páginas de Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé. Cada nueva lectura de un clásico (el libro de Marsé ya lo es) causa el efecto poderoso de un nuevo deslumbramiento. Teresa Serrat conduce su Floride blanco en dirección al barrio del Carmelo. Es una aparición pero también una certeza que vibra en los ojos del Pijoaparte, personaje que bebe de la tradición de la novela picaresca.

Todo sigue conmoviendo en este retrato de la Barcelona de finales de los años cincuenta, un retrato generacional y una historia de amor que nunca puede eludir las circunstancias, las diferencias sociales, el particular entramado que mueven los hilos de los sentimientos. En la novela de Marsé Teresa Serrat escucha a Atahualpa Yupanqui, signo de la búsqueda emocional de aquellos tiempos. ¿Es la novela de Marsé una novela social? Probablemente el escritor Isaac Rosa diría que sí cuando habría que matizar qué entendemos por novela social. Lo que importa en todo caso es que es una buena novela, reflejo de un tiempo y de una ciudad cuya cartografía sentimental Marsé dibuja con mano maestra. Las novelas militantes a las que suele invocar Isaac Rosa tendrán muy buenas intenciones pero no son literatura y ni siquiera alcanzan a radiografiar el alma humana. Conste esta opinión mientras Rosa (del que he leído su interesante e inquietante El país del miedo) se permitió el lujo de despotricar en su intervención en la Feria del Libro de Cádiz contra la novela escasamente comprometida que se hace hoy en España. Quizá el panorama literario español no sea el mejor pero sorprende que un escritor como Isaac Rosa se permita un diagnóstico tan severo. Gracias a él regresará con toda probabilidad la novela de verdadero contenido social a nuestra literatura. Esperaremos expectantes el alumbramiento de esa criatura, de esa gran novela sobre el mundo laboral, sobre la crisis que nunca deja de estar de actualidad. Pero de paso le pediría a Isaac Rosa que fuera algo más modesto y no metiera a todos los escritores en un mismo saco y permita que podamos disfrutar de escritores tan deslumbrantes como Enrique Vila Matas cuya literatura tiene otros objetivos igualmente lícitos sin necesidad de plantearse novelas de fiero compromiso social donde el maniqueismo suele ser moneda corriente como puede verse en las tentativas de Belén Gopegui.

Dejo al autor de El vano ayer y vuelvo a Últimas tardes con Teresa de un escritor como Marsé que lo decía todo escribiendo sin necesidad de poner en cuestión la manera de abordar los temas por parte de los compañeros en el oficio de escribir. Suena de fondo el último disco de Leonard Cohen (Live in London), disco que resume la obligada pero celebrada vuelta del cantautor canadiense a los escenarios. Sigue intacta la emoción cuando el trovador susurra “Suzanne” y envuelve sus metáforas en un reposado envoltorio musical.

Cohen, Marsé, Dylan, Raimon, Clara Sánchez y el mes de junio de playas heridas por la luz del inminente verano y el temblor de las alas de un pájaro en la ventana y el ladrido de un perro en el fondo de la madrugada y más allá de todo un poema perdido en la niebla de un sueño al que nunca regresaremos.

viernes 5 de junio de 2009

AL FINAL DE LA ESCAPADA


Cincuenta años después de su aparición la Nouvelle Vague está más viva que nunca. Primero por la importancia histórica de aquel movimiento y en segundo lugar porque algunos de sus cineastas siguen aún hoy día haciendo cine, desde Chabrol a Rohmer pasando por Rivette. Todos ellos aún iluminan ciertos paisajes del cine europeo. La otra noche volví a contemplar esa joya del cine llamada Al final de la escapada y todo en ella permanece intacto, incluido su espíritu lírico de irresistible modernidad. En esta primera película de Godard está la tradición del polar francés (Melville a la cabeza) pero está también el deseo de romper con lo establecido, de buscar nuevas posibilidades expresivas a través de una historia en la que se habla de amor pero también de cansancio y de muerte e incluso en última instancia de soledad y de abatimiento.
Jean Paul Belmondo y Jean Seberg actúan a la manera de iconos de la modernidad. La secuencia de más de veinte minutos en el Hotel de Suède reclama nuestra atención porque allí el cine emerge en estado puro. Los personajes de Belmondo y Seberg conversan largamente sobre el amor sin que haya que recurrir a ningún tipo de elipsis. Belmondo fuma constantemente y morirá envuelto en humo. No es casualidad que en la película aparezca anunciada la proyección en un cine de Más dura será la caída, la película de Bogart, fumador por excelencia y estandarte del cine negro. Belmondo es un gangster y su personaje, vitalista y trágico a un tiempo, no admite dobles lecturas. Lo que vemos es lo que es. Nada que ver con el personaje de Jean Seberg que es un prolongado enigma que no llegaremos a descifrar. Patricia/Seberg introduce a William Faulkner en la conversación que tiene con Belmondo en el hotel. Cita su novela Las palmeras salvajes y de ella extrae la siguiente cita: "Entre el dolor y la nada prefiero el dolor". Renoir y Mozart también aparecen como claves estéticas y afectivas de la película. El personaje de Jean Seberg es un personaje que duda constantemente mientras Belmondo está condenado a seguir sus pasos por las calles de París mientras le persigue la policia y sabemos que le espera un trágico destino.

Al final de la escapada está rodada con los modos y maneras de la recién surgida Nouvelle Vague. Aquí es obligado citar el trabajo del operador Raoul Coutard que volvería a colaborar con Godard. No fue un rodaje complejo que se dilatara en el tiempo sino todo lo contrario ya que la película se filmó con rapidez con un equipo mínimo. Los resultados fueron de una asombrosa intensidad partiendo de una línea argumental de Truffaut que preludia la impronta de Tirez sur le pianiste, su segundo largometraje. Godard filmó una historia de amor y muerte en la que importaba la forma de abordar el montaje, el ritmo accidentado de sus secuencias y la música de jazz de Martial Solal acompañando a la narración.

Godard filma la travesía parisina de Michel Portail/Poiccard hasta el instante en el que es tiroteado por la policía y mira por última vez a Jean Seberg que le ha delatado y a la que no puede dejar de amar. Uno piensa en ese momento en la secuencia en la que se besan en el cine mientras proyectan una del oeste o en el bellísimo instante en el que el personaje de Jean Seberg le dice a Belmondo que dormir es como alejarse del amor.
La fugitiva chica que vendía periódicos en los Campos Elíseos representa la imposibilidad de amar en la misma época en la que Godard encuentra un par de anuncios protagonizados por una chica que le llama la atención. Será Anna Karina, inminente musa del cineasta a la que dedicará Vivir su vida. Cincuenta años después Al final de la escapada conserva su fuerza y su influencia que no serían lo mismo sin las muecas de un joven Belmondo (26 años) y sin el rostro de Jean Seberg quien venía de rodar con el exigente Preminger.

jueves 4 de junio de 2009

DONDE PERDÍ, DONDE DETUVE EL CANTO

Donde perdí, donde detuve el canto, donde callé cien veces, donde quemé las naves, donde me suspendí, donde broté, donde hallé tus labios y mordí tu fruto, donde colgué el poema, donde me supe muerto, donde me siento vivo, donde duermo, donde abrevo, donde llora el espejo, donde me sé perdido, donde otras veces me sé encontrado, donde camino, donde detengo el paso y dudo, donde amanezco, donde reposa el ave y el mar se acuna. En todas las direcciones de la vida, en todas las direcciones de la lengua que busca la palabra exacta con la que definir el tiempo que resta para conmoverse. Donde murmura el río con el cauce de su olvido, donde una lágrima sola dice más que todas las lágrimas juntas, donde aún se nombra la belleza y los recuerdos tienen el poder de permanecer, de acompasar el latido y el temblor de las horas. Donde perdí, donde detuve el canto, donde se fue el poema y el juego que aprendimos hace mucho, donde aún se remansan los veranos, las playas acariciadas por el sol de la tarde, las noches de verbena donde todos bailan y se abrazan, donde nada podría temerse porque la vida gira en la explosión de los cuerpos, en los vestidos que desabrochan los amantes, en la plata vertiginosa de los días. Porque sendero abajo todo nos concierne, todo podría pertenecernos, porque nada de lo que contemplamos nos puede resultar ajeno. Allí donde uno ama, donde uno pierde, donde uno se sabe fuera del mundo, más cerca de la travesía de los que se despiden, de los que aceptan que todo se ha perdido, que nada tiene sentido, que hay que morir por una idea o por un sueño y ya no vale mirarse en los libros inacabados, en la ebriedad de la brisa vespertina, en la agrandada amargura de las calles que ya no pisaremos, que ya no formarán parte de nuestra vida. Allí mismo donde perdí pero también gané, donde detuve el canto pero después de haber glosado el amor, de haberme llenado con el oro de las caricias, de haber conquistado un corazón que hubiera creído infranqueable...