“La muerte es como un árbol/ sembrado con uno, y que nos nace/ al tiempo que nacemos, con la primera/ lágrima nuestra en los ojos...”. Estos versos forman parte del poema “El árbol” del poeta gallego Celso Emilio Ferreiro y pertenecen a su libro Longa noite de pedra (Larga noche de piedra) publicado por la colección de poesía El Bardo en 1967. No sé los motivos por los que he pensado en el comienzo de este poema al enterarme de la muerte de Michael Jackson. Quizá fuera porque la infancia de Michael Jackson tuvo más lágrimas de las precisas. Reconozco que nunca fui seguidor del cantante, aunque en los años ochenta nadie aficionado a la música podía permanecer ajeno a discos como Bad y a otros hitos anteriores del artista. Cualquiera de nosotros contaba con un amigo o un conocido que fue fan de los Jackson Five y tenía en su discoteca particular buena parte de la discografía del cantante.Quiero decir con todo esto que Michael Jackson no dejaba indiferente a casi nadie aunque sus giras españolas no respondieran casi nunca a las expectativas creadas. En el Camp Nou de Barcelona cantó en agosto de 1988 y no llenó el aforo. Le acompañaba como vocalista una tal Sheryl Crow con la que interpretaba en el escenario "I just can't stop loving you". Los que asistieron a ese concierto recuerdan un espectáculo perfectamente medido pero algo frío. El problema de Michael Jackson era que marcaba demasiadas distancias con su público, que parecía hallarse fuera del mundo, fuera de la realidad, atrapado quizá en su propio mito, en su propio genio o en la burbuja dictatorial de su propio entorno. Todo esto se termina notando en el conjunto de su obra que no puede equipararse en trascendencia artística a la obra de un Bob Dylan o de un Jacques Brel. Los poetas de la canción van por otra senda, dibujan otra sensibilidad, eso lo tengo muy claro, por mucho que Jackson revolucionara con su estética musical y su vigor escénico el pop de los ochenta.
Vaya usted a saber cómo se construyen ciertos mitos que envuelven su vida con una aureola de misterio. Algunos de estos mitos de la modernidad (Elvis Presley fue pionero en ello) suelen sufrir una decadencia imparable que termina completando los necesarios elementos morbosos que dan tanto juego en los medios. Llatzer Moix aludía en un artículo de La Vanguardia publicado en octubre de 1987 a los mitos insustanciales de los ochenta y criticaba por excesivo el fenómeno Jackson o el de Madonna con toda su parafernalia publicitaria y mediática. No le faltaba razón a Moix en sus apreciaciones. Pasar de Dylan a Michael Jackson como referente generacional suponía sin lugar a dudas un retroceso sin negar por mi parte las virtudes de un álbum de las características de Thriller.
Que un artista como Michael Jackson terminara siendo devorado por sus excentricidades y por las polémicas de toda índole no deja en buen lugar a quien antes que nada debe luchar porque su obra sea valorada como merece sin que deban pesar criterios que nada tienen que ver con lo artístico. Que a Michael Jackson le dedicaran su tiempo los programas del corazón es sintomático de la distorsión sufrida por la imagen del cantante en la última década. A estos programas nada les puede importar su música ni sus éxitos. Lo que les guía son los detalles escabrosos del artista, su afición o no a los niños, su mutismo, su hipocondría exagerada y ese final que la justicia deberá aclarar y con el que se abrirá la primera parte del culebrón posmortem de Michael Jackson.
Pese a todo ello, pese a la insustancialidad real de ciertos mitos, no me atrevería a decir como Eduardo Jordá hace en un artículo que la obra de Michael Jackson carezca de interés. Es un juicio presuntuoso de quien confunde opinión personal con la realidad objetiva. No es justo dar la espalda a un artista de esta dimensión que aunque le pese a Jordá está en la historia de la música pop y forma parte de su evolución y también de su revolución. Para no perdernos, como siempre, entre tanto escaso rigor crítico, lo mejor es leer a Enrique Alcina en las páginas de Diario de Cádiz y en su blog unido por lazos de sangre con estos oficios del diletante.
.
.








