jueves 8 de octubre de 2009

DOS PÉRDIDAS

Murieron la cantante argentina Mercedes Sosa y el poeta malagueño José Antonio Muñoz Rojas, dos pérdidas en la travesía fugitiva de este octubre, dos ausencias nada ajenas a mi propio entorno de libros y canciones. La noche crece en este instante y leo en voz baja un poema de ese andaluz de hondas soledades apellidado Muñoz Rojas mientras elijo de fondo musical el disco de Mercedes Sosa cantando a Atahualpa Yupanqui.

En la excelente biografía de Sergio Pujol sobre Yupanqui (En nombre del folclore) el relato arranca en un bar de Buenos Aires en los inicios de la década de los 70. En ese bar se reúnen algunos periodistas, miembros del grupo Quilapayún y Mercedes Sosa. Se habla de política y de canciones y en un momento de la charla alguien le pide a los presentes elegir entre la ya finada Violeta Parra o Atahualpa Yupanqui. Por escaso margen se impone en tan absurda competición Violeta pero aún Mercedes Sosa no ha dicho que esta boca de zamba es mía. Cuando toma la palabra lo hace para defender a Yupanqui diciendo que es un artista único por lo que es inapropiado someterlo a comparaciones. Al cabo de los muchos años esta declaración de principios de Mercedes Sosa cobra absoluta vigencia porque ella alcanzó también esa dimensión de artista única e incomparable que no necesitaba más que su voz y su conocimiento de las raíces del canto para conmover a su público. Cuando una artista como la Negra desaparece se percibe el vacío, la orfandad de todo un pueblo que halló en sus discos y en sus recitales un modo de sobrellevar las pérdidas y las injusticias.

De Muñoz Rojas cabe decir que fue un poeta injustamente ignorado como tantísimos poetas que los críticos de manual desprecian e ignoran. Colaboró en Caleta, la revista que dirigía mi padre, a mediados de los años 50 con un poema titulado “Oscuridad adentro” que en realidad pertenecía a una serie mayor de poemas. De toda su admirable producción poética elijo en este instante un poema titulado “Los niños” que hubiera conmovido por igual a los distantes Truffaut y Brel que amaron tanto esa edad ligera y única.

“Los niños” es un poema contemplativo que arranca con un primer alejandrino maravilloso: “Sentados bajo el sauce, mientras juegan los niños…”. Los niños que parecen insectos voladores en la ráfaga primaveral. Los niños que hacen puerto en las faldas de la madre y que parecieran eternos. El poeta termina con estos dos versos su poema:

Nos recogen, nos mecen. Parece que vivimos,
que no todo es morir diaria y duramente.


Muñoz Rojas fue un poeta musical que huía de excesos retóricos y jugaba con el verso de un modo ejemplar. No cayó nunca en la tentación de publicar con exceso. Su verso sereno, meditado, no se prestó a ningún tipo de concesiones ni de facilidades y huyó de los círculos y agasajos literarios. José Luis Cano lo definió como el caso más extremo de poeta modesto alejado del bullicio literario. A Muñoz Rojas le bastaba con la luz del campo antequerano para encontrar reposo y espiritualidad – palabra hoy en desuso- sin aspirar a reseñas altisonantes en suplementos literarios manejados por unos cuantos.

A quien me lee le pido como recomendación personal que se acerque a ese libro modélico en prosa que es Las musarañas (1957), un buen principio para adentrarse en la obra de alguien que fue capaz de aunar la copla campesina de Andalucía con la poesía metafísica inglesa que tanto le marcara.