martes 13 de octubre de 2009

LEYENDO A BORGES

Leyendo a Jorge Luis Borges (Obra poética, Emecé, 1999) con el brazo escayolado y con la noche que avanza como testigo. Los poemas de Borges acompañan mi falta de sueño. Miro el río de Heráclito hecho de tiempo y agua (endecasílabo perfecto) y pienso en la voz del ruiseñor de Teócrito y en los poetas menores que no formaron parte de antología alguna. Descubro que mi ciudad se oye como un verso y desprecio a los que desprecian la poesía, para los que la poesía ni importa ni cuenta y se vanaglorian de despreciarla y de arrinconarla.
Borges me susurra que los astros y los hombres vuelven cíclicamente. Y me habla de sus antepasados y de los objetos que nos sobreviven y del misterio de los sueños. Y caminamos de la mano de Blake y de Góngora por un bosque de aves arrojadas al misterio de la vida y del canto. Y le cantamos a la tierra andaluza, a la mezquita, al arco, al toro ensangrentado, al ruego de una copla mortífera. Todo es Borges esta noche en la que también me persiguen las imágenes de El secreto de sus ojos de Juan José Campanella, cine de emociones que resumen los rostros de Ricardo Darín y de Soledad Villamil para cuyos personajes la vida brinda una hermosa segunda oportunidad.