domingo 18 de octubre de 2009

BUTRAGUEÑO

Recuerdo muy bien cómo dormía el balón y detenía los segundos. Era ese instante supremo en el que cerca del área rival Butragueño se paraba frente al defensa de turno, poco antes de ensayar un quiebro a lo Johan Cruyff, cambiar de velocidad y buscar la apoteosis del gol. Fue un futbolista desequilibrante y diferente del que podía y debía esperarse una genialidad en cualquier momento de un partido. Fue uno de los protagonistas de la liga española en los años ochenta en los que debutó con la camiseta del Real Madrid en el Estadio Ramón de Carranza de Cádiz. Aquella tarde Butragueño deslumbró a propios y extraños anotando tres goles. De ahí al estrellato, a partidos tan memorables como el jugado contra el Anderlecht de Enzo Scifo en la UEFA o al sueño de Querétaro en el mundial mexicano del 86 que ganó la Argentina de Maradona. Recuerdo como si fuera ayer la portada de Don Balón con la imagen de un Butragueño triunfador rodeado de periodistas después de aquel partido contra Dinamarca.

Butragueño fue en aquellos años ya perdidos mi ídolo futbolístico al que solía imitar en mi propia manera de jugar y entender el fútbol en el patio de mi colegio. Sus goles y sus asistencias forman parte de mi adolescencia frente al televisor donde se alternaban las alegrías con las frustraciones como la protagonizada por aquella noche negra de Milán en la que el Madrid sucumbió de modo estrepitoso. Quizá por todo ello he recibido con particular emoción la llamada telefónica de Butragueño agradeciéndome que le hiciera llegar un ejemplar de Serrat, canción a canción, porque el Buitre es incondicional de la obra del cantautor catalán y este hecho, junto a su propia manera de ser, ha posibilitado este momento de complicidad.

Lejano en el tiempo quedan los tapones que escenificaban grandes partidos de rivalidad extrema y lejanos quedan los cromos que intercambiaba con los amigos antes de batirme en duelo con ellos defendiendo los colores del Real Madrid mientras arrastraba mis rodillas por el suelo y el sol de agosto entraba por la ventana de mi cuarto. En ese espacio vertiginoso y dubitativo de la adolescencia está Butragueño y su quinta y está su aparición inolvidable en partidos que se complicaban más de la cuenta y necesitaban de su entrada en escena. Al adolescente que aún me habita no se le borrará de la memoria esta breve conversación con Butragueño.
He de dar las gracias a Marina Tocón que hizo posible que el libro llegara por fin a sus manos provocando este instante mágico que me hizo viajar en el tiempo a mi propia adolescencia, a la vieja calle en la que paseaba junto a mi perra Diana y en la que en los ojos no podía dibujarse aún el contorno hiriente de ninguna pérdida ni el vacío del tiempo que va liquidando los espejos en los que nos asomamos.

3 comentarios:

Cruder dijo...

Hola, amigo Luis.

Me encantó tu trato de Emilio, se me llenaron los ojos de lágrimas.

Emilio en México... En específico en Guanajuato.

Saludos.

MR BAD GUY dijo...

Don Emilio Butragueño Santos es mi idolo de todos los tiempos. Y que diga eso un aficionado al Barça tiene tela... Yo también disfruté no solo de ver como defendía los colores nacionales sino de sus hazañas como madridista. Envidia sana (no puedo decir lo mismo de la pandilla que le rodeaba...).

El Buitre no solo era un jugador excepcional, desequilibrante, certero, mortífero, sino que era todo un gentelman. Pese a ser cosido repetidamente a patadas nunca alzaba la voz, ni una sola mirada, ni un gesto. Jamás le ví haciendo una entrada fea o alguna marrulleria, por supuesto. ¿Le han expulsado alguna vez? Lo dudo.

Eres todo un afortunado Luis, por esa lamada personal. Ya nos contarás qué le pusiste en la dedicatoria... o no...

Luis García Gil dijo...

Gracias amigos por recordar al Buitre, gran futbolista y mejor persona.