Vacaciones de invierno es el título de la última novela del escritor y poeta gaditano José Manuel Benítez Ariza. Se trata de un relato circular con el que su autor parece querer dar inicio a una nueva trilogía. Podríamos decir que nos encontramos ante una novela de cierto tono costumbrista que la prosa cuidadísima y nada efectista de Benítez Ariza conduce a los territorios de la buena literatura, de aquella que deja en el lector una huella indudable. Viajamos por sus páginas a una ciudad provinciana que es fácil identificar con Cádiz a pesar de que la acción trascurra en un hospital que pudiera ser cualquier hospital de cualquier ciudad de provincias. Estamos en el año 1973 y aún no ha volado por los aires el coche oficial de Carrero Blanco. Pero ese contexto no tiene trascendencia porque la España terminal del régimen franquista apenas tiene protagonismo en la novela. No hay aquí (y se agradece) intencionalidad politica sino el retrato de un adolescente y del mundo que le rodea y de aquellas circunstancias que le obligan a convalecer en un viejo hospital tras partirse la mandíbula en un accidente con la bicicleta de su primo.
Importa mucho más en esta novela la recreación del ambiente de aquella época, el marco emocional en el que se desenvolvía y crecía un niño en los años setenta, que la propia referencia al viejo dictador y a su vieja política aniquiladora frente a los opositores y a las ansias de libertad. Estamos, por tanto, ante una historia sencilla en la que Benítez Ariza derrama algo o mucho de su propia experiencia sin obviar sus dotes de narrador que cuenta historias. Los caminos de la ficción y de la memoria de la infancia se entrecruzan componiendo en Vacaciones de invierno un retrato singular de un tiempo y de una ciudad que escapan del simple dibujo de la rutina hospitalaria. Personajes cercanos a la caricatura, como Germán, el celador, poseen una gran entidad en el relato y protagonizan momentos singulares y memorables en el devenir de la crónica de internamiento hospitalario. La mera presencia de Germán carga de sugerencias la historia. El mundo de los adultos gira en torno al niño que aguarda impaciente el alta hospitalaria, mientras ha de verse obligado a tratar con Javier (el niño- diablo) o ha de consolarse mirando las piernas de la enfermera Lola cuya manera de caminar alivia algo la reclusión del protagonista que sólo encuentra algo de amparo en su excursión a la sala de juegos del hospital en una de las mejores secuencias de todo el libro.
Más allá de los muros del hospital habita el ritmo cotidiano de la ciudad con sus calles y plazas y se derrama algún apunte mínimo de la actualidad del país con alusiones a José Legrá o a Cassius Clay o a la tragedia de los Andes. En el Teatro Andalucía los carteles anuncian a Esperanza Roy (entonces vedette de cierta cotización) y en cierta tienda del casco histórico se permite el trueque de tebeos de moda que una vez leídos son sustituidos por otros. La novela de Benítez Ariza sabe además introducir las problemáticas del mundo adulto y su repercusión en los niños y lo hace a través de los padres del protagonista cuyos problemas de convivencia quedan sugeridos con gran sutilidad por parte del autor.
Vacaciones de invierno es una novela que permanece después de ser leída en la memoria del lector y viene a confirmar (por si hiciera falta) las excelencias narrativas de Benítez Ariza, bajo el amparo ahora de una editorial de la pujanza y buen hacer de Paréntesis que dirige con acierto Antonio Rivero Tavadillo. Los capítulos cortos y el estilo conciso de Benítez Ariza son un acierto. No de otro modo podía contarse esta historia repleta de personajes que con pocas pinceladas quedan ejemplarmente descritos como el maestro don Juan: "hombre atezado, seco, chupado de cara, con expresión entre melancólica y astuta..." (pág. 124) o Rosa, la sobrina de Germán, con su aliento a tabaco y su "pantalón acampanado, color teja, y una camisa crema, hombruna y holgada..." (pág. 132). Y entre el Varón Dandy del padre, la impaciencia de la madre, la influencia del primo Ángel y los juegos reunidos trascurre este viaje de adolescencia de Benítez Ariza cuyo estilo depurado hubiera suscrito el gran Henri Pierre Roché al que ahora vuelvo a releer con entusiasmo y al que descubrí (como no podía ser de otro modo) gracias a François Truffaut.






2 comentarios:
¡Hola Luis!
Me encanta que le dediques una entrada a la novela de José Manuel.
Me la leí este verano, y es una verdadera delicia. La recomiendo con interés.
Besos.
Charo.
Hola Charo,
Celebro la coincidencia. Te felicito por tu lectura poética en Puerto 3 por lo que debe significar llevar el vuelo de tu poesía en libertad a quienes carecen de ella.
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