El verano se acaba y no nos hemos dado ni cuenta. Decía el personaje de la inolvidable Romy Schneider en La piscina (Jacques Deray, 1969) que no le gustaba el verano y que prefería las estaciones intermedias. Con la estación intermedia del otoño nos adentraremos en un nuevo curso político cargado de tanta ramplonería como el anterior. Cansa abrir un periódico y encontrarse con los lugares comunes de la política (a derecha e izquierda) y cansa y ofende encender la televisión y comprobar una vez más cómo programas tan impresentables como Sálvame (Tele 5) cuentan con el respaldo de la audiencia que gusta del espectáculo bochornoso de Jorge Javier Vázquez y compañía. Dormirán tranquilos todos los responsables de esta burda televisión de cada día en el que las propuestas de calidad no aparecen ni por asomo y en el que sólo se busca el espectáculo zafio y morboso. En ese contexto dominante resulta difícil hablar de Truffaut o de Brel, artistas en el sentido más pleno de la palabra que algunos que presumen de formación universitaria ni tan siquiera conocen y lo que es peor ni les importa conocer. La España deformada y alcahueta que no enseña a apreciar la cultura con mayúsculas y que se arropa en las letras y melodías fáciles de Carlos Baute, protagonista efímero de este verano que está a punto de extinguirse.
El verano agonizante simboliza un fruto herido o una piscina a punto de entregarse al vacío y que recuerda nostálgica la plenitud del mes de julio. Ciertos poetas cantan a este mar entristecido que despide a los bañistas. La vuelta al trabajo se hace rara y también el cruce apagado de conversaciones con aquellos que exigen que en diez segundos les sinteticemos nuestras vacaciones. Pero uno huye de ciertas rutinas y se refugia en la escritura o en un café al atardecer que se comparte con un amigo fiel de los que mira a los ojos permanentemente y sabes que no te criticará a la vuelta de la esquina.
Septiembre irá sepultando las canciones del verano. Bajo la arena más de un niño habrá guardado su alma y todo será regresar de donde uno no se ha ido del todo. La lista de libros pendientes de ser leídos se hace interminable. Nadie puede escribir sin leer aunque cierto poeta (del que me reservo el nombre) afirme que no lee poesía para no dejarse influir por otros y con ese planteamiento es evidente que no se puede llegar a ser buen poeta ni siquiera se puede llegar a ser poeta.
En una entrevista Roberto Saviano cree en el poder de la literatura para cambiar el curso de los acontecimientos. Su denodada fe en las palabras resulta destacable en un mundo que no considera a la literatura como algo indispensable cuando sin ella simplemente no seríamos los mismos. Para combatir las malas artes de los políticos y de los gestores televisivos queda la palabra derramada en el cuenco de la vida y queda la poesía por mucho que sea pisoteada por la ignorancia o por el propio ego de algunos otros poetas que escriben para ellos mismos o para su camarilla.
Queda la poesía que abre puertas inesperadas y queda la música nacida del corazón y quedan los veranos en los que fuimos felices, en los que nos asomamos al amor, a la ternura de un beso que podía pintarse en el cielo de una madrugada. El verano que se perderá como se pierden estas manos por el paisaje del folio en blanco mientras en una piscina que ya no existe baña su cuerpo Romy Schneider en el preciso momento en el que Alain Delon la contempla casi por última vez.






0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada